Una Pizca de sal

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

Frecuentemente me pregunto por qué no se crea una guía para guzgos, ya sé que me dirán que existen políticas públicas cuyo objetivo es arrancarnos de este horrendo primer lugar en gordura que según se publica por los medios tenemos en el mundo y que las autoridades siempre tan dedicadas a que seamos felices pretenden erradicar.

Ahora que yo creo que es un derecho inalienable de ser infelices, porque no creo que la felicidad sea a fuerzas y una manera adecuada de abrazarse a la infelicidad es una visita a los múltiples mercados municipales de nuestra población porque aunque usted crea que los mercados públicos sean en exclusiva sitios de venta de artículos sin factura, de manera que si usted va por esos sitios y ve esos productos sepa usted que está viendo visiones así que haga como si no los mira y continúe hasta la zona de comidas, verdadero sitio de honor del mercado.

No cabe duda que quienes habitamos por estos rumbos somos puesteros y rendimos un permanente homenaje a la fritanga y al anafre pero la degustación tiene a mi gusto el hecho de que tiene que ser consumida en el sitio y eso por varios intangibles como el atractivo visual, así, si usted está dentro de los límites fijados por la OMS para flacura aceptable pues siéntese en el primer lugar que vea, que, todo le dará igual y quedará complacido, pero si usted sale de esas clasificaciones de gordura y ya está en zona prohibida lance el palmito y dé una vuelta por el sitio, llegará un momento en que un cruce de miradas entre usted y alguna jefa de cocina lo hará sentir que ese es el sitio, pero eso, aunque buena señal, no es suficiente, observe usted las manos de la que esté junto al comal de las fritangas según mi experimentada opinión resulta indispensable para que una cocinera alcance niveles de excelencia debe tener las manos gordejuelas; una vez certificadas estas condiciones, prepárese hasta que después de gozar los sabores pueda ver la muerte de frente.

Por lo general al hablarse de comida se trata de los antiguos restaurantes, casi totalmente desaparecidos.

No soy gourmet pero tragón si soy por lo que le propongo asista a un mercado y pida que le sirvan un chile capeado con frijoles y queso y salsa de jitomate. Si tratáramos de buscar el sabor primigenio de nuestro entorno con seguridad que este plato lo sería, créame que va a ser muy difícil, dificilísimo que usted lo pida en cualquier mercado y no sea un plato, digno de repetirse.

En Santa Tere además del puesto de Amadita, con los manjares de siempre, hay otra joya, sobre todo si usted es vegetariano, vaya al puesto de las Titas, donde tendrá usted tendrá una experiencia mística al probar los jugos. De mis favoritos, en el mercado de Atemajac está la Pantera Rosa donde usted podrá degustar unas de las mejores pellizcadas de mantequilla de este planeta (si usted cuenta calorías absténgase) y ya puesto a deglutir acompáñelas con una carne de puerco con la mejor salsa que pueda recordarse o con un buen plato de pepena.

Al final de cuentas mi abuelo tenía razón cuando decía que teníamos de “beber fuerte, comer fuerte y esperar la muerte” Laus deo.

@carlosmorsa

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