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Una Historia Típica

Por Octavio GASPAR

Doña Consuelo*, como toda una dama y muy de acuerdo a la época en que fue educada, no quería revelar su edad; pero la gente que la conocía sabía que ella andaba rondando por los setenta y tantos. Sus conocidos se preocuparon cuando vieron que la esta señora de pronto se rehusaba a salir y prefería quedarse en casa la mayoría del tiempo.

Ante la insistencia de sus hijos y de las personas que la estimaban, ella confesó por fin la causa de su ‘extraña’ conducta:

Tiene que caminar por lo menos doce cuadras para tomar el camión en la avenida más cercana, porque le tocó la desgracia de vivir en una colonia acomodada sin tener automóvil, pues su marido, que antes la llevaba en carro a todas partes, ha fallecido y todos sus hijos que saben conducir han hecho ya su vida aparte. Ahí en su colonia las rutas de transporte público son escasas y las unidades por lo general no paran. Cuando por fin una unidad se detiene para darle servicio, la mayoría de los choferes la tratan mal porque paga medio boleto con su credencial del INSEN.

Le atemorizan los repentinos arrancones y frenazos que la obligan a ir aferrada a los pasamanos y a pedir la clemencia del conductor cada vez que ella tiene que bajar.

La zona Centro de Guadalajara, a donde ella tiene que acudir para atender la generalidad de sus asuntos, también le causa pavor.

No se atreve cruzar por las líneas peatonales marcadas en las esquinas, porque varias veces los choferes que vienen dando vuelta le han ‘echado el vehículo encima’. Tiene que levantar la mano al cruzar la calle enfrente de un minibús porque un par de veces estuvo a punto de ser embestida por estas unidades mientras atravesaba con su paso lento hacia la otra acera.

Tampoco en las banquetas se siente segura. La ponen tensa los ciclistas (¡y a veces, también motociclistas!) que pasan a su lado a toda velocidad, (¡sí, sobre la banqueta!) y el sonido de las patinetas, que no sabe por dónde van a pasar, también la ponen nerviosa.

Le asustan mucho, igualmente, los mosaicos sueltos o faltantes que muchas veces estuvieron a punto de hacerla caer, así como las zonas en reparación con las que se topa de repente, ya que por lo general ocupan toda la acera sin dejar paso a los peatones y la obligan a caminar un buen tramo por el asfalto de la calle, muy cerca de las rugientes unidades de transporte público.

Por otra parte, no le gusta caminar tanto para encontrar un domicilio nuevo en pleno Centro, pues tiene que preguntar a los transeúntes, abusando de la famosa hospitalidad tapatía, el nombre de las calles; porque la mayoría de ellas no tienen letreros o éstos están en tan malas condiciones que resultan ilegibles.

Doña Consuelo sería feliz viajando en taxi, pero es un lujo inaccesible para ella con la pensión mensual que actualmente recibe.

Añora las temporadas que pasa en Estados Unidos visitando a sus hermanas. Allá le informan por teléfono, en inglés y en español, los horarios de las rutas que desea tomar, las paradas más cercanas a su casa y los transbordos necesarios. Los choferes pasan puntuales por cada una de las paradas (algunas veces no le cobraron pasaje cuando pasaron DOS MINUTOS tarde). No arrancan hasta que ella ha tomado asiento y le avisan amablemente por el altavoz cuando ella va a llegar al punto de transbordo o a su destino.

‘Me van a decir que soy una malinchista, pero allá me siento más segura y más cómoda’ dice la anciana entre risas.

Me atrevo a decir que, con algunas leves variantes, la historia de Doña Consuelo es la historia de nuestros ciudadanos tapatíos de la tercera edad.

El nuevo nombre de ‘Secretaría de Movilidad’ le queda MUY GRANDE al antiguo y decrépito Departamento de Tránsito de nuestra zona metropolitana.

Este testimonio va con intencional dedicatoria para Don Mauricio Gudiño y Doña Edith Rivera:

No basta con regentear escuadrones de agentes hábilmente entrenados para recoger mordidas y entregar mochadas a sus superiores.

HAY MUCHO POR HACER en esta tierra tapatía donde el CAOS DE MOVILIDAD aún persiste.

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* Nombre ficticio, para proteger la intimidad de las personas que han proporcionado la información para este artículo.

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