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Una Corona Para mi Reina

Por Lucrecio PETRA

Como el lector sabe el soneto es una composición lírica de versos endecasílabos y estructura precisa: dos estrofas de cuatro versos (los cuartetos) y dos de tres (los tercetos). Se dice que Petrarca la cultivó entre los primeros y de Italia llegó a España extendiéndose a Hispanoamérica. Por supuesto a Francia y a Inglaterra donde tomó una forma especial (el soneto inglés), también a Portugal y Alemania.

 La corona de sonetos consta de 15, siendo el último verso de cada uno el primero del siguiente. El esquema de mis estrofas y de la rima (sin variaciones) se ciñe en los dos cuartetos así: abba, abba, y en los tercetos así: cdc, dcd, pero encuentro versos de once o de trece sílabas. El lector hallará encabalgamientos y pausas dentro de versos sin emplear más símbolos que los de la puntuación y los acentos se montan con tanto caos que espero recibir su más liberal paciencia.

 En la actualidad los sonetos se escriben de notables maneras. Hay quienes los escriben con pompa y circunstancia y quienes los convierten (voluntaria o involuntariamente) en canciones o rocanroles (Benedetti o Sabina, para citar a los clásicos). Hay quienes desde el ocio se divierten y quienes desde lo culto los padecen y los hay, también (¡oh!), que los abordan con amores cursis y disparatados… los míos son de éstos.

Una Corona para mi Reina

 Por Lucrecio Petra del Real 

 I

 Conoces de lo incógnito la voz 
 te sabes en los rotos desconsuelos
 cabizbaja escuchas de tus duelos
 y te marchitas con un dolor atroz.

Naturaleza muerta, ex niña precoz
 tus ojos, mis dueños, se están solos,
eres mi mirada… somos dos polos,
 y unidos trazamos la muerte feroz.

Se reúnen tus dudas en la penumbra.
Es la asamblea que te define
con un espanto que siempre asombra.

Desnuda buscas luz que te confine
más acá del misterio que te alumbra
en esa pose que en mis manos gime.  

    II

  En esa pose que en mis manos gime
 tu cuerpo de amor se disparata
 poco a poco se torna escarlata
con una exhalación que nos redime.

  Como serpiente, tu lengua esgrime
y en mi vientre la felicidad me mata
tu boca arde, su lumbre me ata
en la locura que no me exime.

  Succionas mi alma en la trasnoche,
chisporroteamos en la vastedad.
Ansiosa fogata revienta la noche…

  Quema tus quejas en la obscuridad.
Dilata y consume el derroche
de mieles que dejas en la saciedad. 

        III 

 De mieles que dejas en la saciedad
te colmas, señora, en el fragor ido
tu imperio domeña cada latido
y vences, no cejas, a tu castidad.

  El sueño se preña de curiosidad
te sueña de nuevo mi pene abatido
se erecta con saña, y henchido
apuesta tu olvido a la vanidad.

  Despliega tus piernas el muy pervertido
empeñas tu asombro a su potestad
sonríes, te niegas, modorra libido

  avivas rescoldos de sexualidad.
Recibes, desdicha, al que consentido
engaña con dicha a tu soledad.

         IV 

 Engaña con dicha a tu soledad
mi salvoconducto hasta tus entrañas
y cuando me dices: “¡ay, me dañas!”
moldeo y penetro tu oquedad. 

 Cavilo en torno a tu cavidad
afloran así todas mis mañas
me arañas, sudas, plena, me bañas.
Majestuosa te ríes como deidad.

  Te giro y giro, te desentrañas
ya no me extrañas en tu ebriedad,
pronto me fugo, y tú… te restañas 

 en una tregua con la otredad.
Así en la alcoba, desenmarañas
tu santo y seña de identidad.

         

 Tu santo y seña de identidad
es Carly Simon guiñándote un ojo
Billie Holiday, dándote arrojo
Satchmo, improvisando tu inmunidad.

  Tu contraseña en la adversidad
es —personaje de boleros— tu rojo
corazón abierto por el despojo
de amor a gotas de perpetuidad.

  Te inflama las venas la mañana
en tu sangre palpitan tus ardores
levitan tus nocturnos, sabiniana.

  Sin dejo de otredad ni sinsabores
escuchas triste, dulce y liviana
la voz del pasado con tus dolores.

         VI

  La voz del pasado con tus dolores
 fantasmas en la bruma congelados,
ángeles en la penumbra desalados,
ciegos… de inusuales resplandores. 

 Puntuales y punzantes resquemores
—un martirio de demonios anegados—
 los latidos en tu pecho sofocados
por un terror nacido en tus albores.

  Tus lágrimas ahogan la tiniebla
en un gris que por solo solivianta.
Tu llanto crece, tu garganta tiembla 

 es esa lluvia mustia que levanta
la densa certidumbre de la niebla
que tu sangrante corazón decanta.

         VII

  (Lo) que tu sangrante corazón decanta
es la brutal memoria que me esboza…
y en tu mirar espiritual se posa
con esa alquimia que me encanta. 

 Al desencanto tu placer espanta
retornas a ser la mujer suntuosa
mi diosa inmemorial que ociosa
con su paciente mirada canta… 

 : Trastocas la nostalgia evanescente
con murmullos que bordan un encaje
en el crepúsculo incandescente,

  halas tus pensamientos en pos del viaje,
quedas —nerudiana— como ausente
en un terso y ancestral paraje.

         VIII

  En un terso y ancestral paraje
rodeada de azules enrojeces
horizonte en llamas, languideces
cuando las nubes pliegan su velaje.

  Padece de ocaso tu paisaje.
Entre grises y morados palideces
añil el rostro porque entristeces
al tejer —lienzos de luna— su vendaje. 

 La noche contigo de luz enferma
se olvida, trémula de estrellas,
en una obscuridad de sombras yerma. 

 Nocturnal que en tu sueño destellas
al alba que siendo aurora merma
la melancolía con la que querellas.

         IX

  La melancolía con la que querellas
—batalla cotidiana, rendida gloria—
plaga de esplendores tu historia
de sigilos y apagadas huellas:

  Una infancia con pocas cosas bellas,
una vida de amores perentoria…
Cántaro en el borde de la noria
hoy tu barro rebosa de centellas.

  Fulgura tu trasfondo, misteriosa
preñado por el polvo de rincones
(santuarios de tu soledad en glosa).

  Ave Fénix de las profanaciones
suplicaste con sordidez morbosa
apremiando impávidas pasiones.       

  

 Apremiando impávidas pasiones
en la orilla de la mar te viste,
y ante su espejo te desviste
el insomnio de tus contradicciones.

  Para cantar, sirena, mis tentaciones
náufraga del sol me concebiste
y un eclipse lunar reconociste
olvidado en tus constelaciones. 

 Alta noche. Apareces con tu blues
eres la línea de la madrugada.
Tu tonada, es la señal de la luz.

  Amaneces lúcida y trasnochada
de espuma y arena es tu cruz
y dueles y tu dolor alivia nada.    

     XI 

 Dueles y tu dolor alivia nada.
Suspiras, marea, hasta el bramido.
Orla tu saliva cada gemido,
y te haces olas alborotada. 

 (Profundidad otra vez descarnada,
tu cuerpo consagrado y hendido
con besos y con semen transgredido
blancura que te rapta trastornada.)

  En un amanecer de luz dormida
 taciturna se prolonga la luna.
 Transparencia de hostia consumida

  brizna de sal, aliento de espuma
viento, sílaba, tu voz oprimida
eco de arena, oblonga duna.      

   XII  

 Eco de arena, oblonga duna.
Resplandece tu ímpetu contrito
resurge, en el límite del grito
el miedo calcinado que se esfuma. 

 Gutural hartazgo que te abruma
demarcado corazón jamás descrito
se desboca tu placer, dolor proscrito
espumándose, diligente bruma.

  El vaivén te colma palmo a palmo.
En su ir y venir te reclama
el mar
rompe la espesura del marasmo 

 —remolino marino— tu palpitar.
Vertiginoso te sume un orgasmo,
y emerges gloriosa del fondo del mar.      

   XIII

  Emerges gloriosa del fondo del mar.
Flotas complacida y no saciada
en la calma transpiras escanciada,
y despliegas otra forma de amar. 

 La pasión en su incesante sumar
acuña perlas en tu piel salada,
resbalan, fraguan, la nueva oleada,
de gozos causados por tu arrumar.

  Retomas el íntimo escándalo,
chillas, ríes, gruñes; te quedas muda.
Espiral de monosílabos tu halo.

 De tu boca a tu vientre que suda
te empapa de certidumbre mi falo
cuando desborda tu hirviente duda.      

   XIV 

 Cuando desborda tu hirviente duda
ya no hay reparos, nomás encuentros
tu orgasmo de hondos epicentros,
la exaltación que tu ser exuda.

  Es abismo y es cima y escuda
la sinrazón de ser todos, nosotros
desembocamos siendo ya otros
en este desvarío que te anuda.

  Pero enfáticos desenredamos
el sueño impreciso del pasado
soltando amarras, nos alcanzamos. 

 Risas dentro del sueño olvidado
jirones de lluvia recuperamos
una vez más tu corazón agitado.      

   XV 

 Una vez más tu corazón agitado
a las puertas de mi nube se abre
invoca ráfagas, viento salobre
signos del otoño ensimismado. 

 No acabas cuando has comenzado.
A los cuatro vientos tu faz se descubre.
Olas de nubes que la niebla cubre.
Viento calmoso, cardinal, cruzado. 

En las entrañas de la lluvia pica
sopla, salta, leva tu barca veloz
surca, se hunde, tu seno salpica

 lejana vertiente, angostura de hoz
espejo del tiempo que te explica
conoces de lo incógnito la voz. 

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