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Salvador Ornelas, una Vida Entre Huracanes

Luis Alberto Alcaraz/www.noticiasvallarta.com

El 20 de enero del 2014, en lo que finalmente sería su lecho de muerte, Salvador F. Ornelas Hernández se rompió por última vez. “¿Amor, quién soy yo? ¿Qué he hecho yo en la vida?” –le preguntó a su esposa Irma Magaña. “Nada, solamente he hecho daño, puro dolor” –se respondió a sí mismo. Al día siguiente, ya con esa serenidad que rodea a los que saben que el final está cerca, le pidió a Irma que le trajera algo de comer. “Estoy harto de la comida del hospital, ve a El Globo y tráeme unos Garibaldis con leche” –le pidió.

Irma Magaña intuyó una doble intención en su petición pero aceptó darle gusto. Después de todo Salvador F. Ornelas había sido internado en el Hospital del Carmen de Guadalajara para una revisión casi de rutina, en los últimos días carraspeaba de manera insistente y sufría una fiebre constante.

-Al rato vengo, no te vayas a ir –le dijo Irma.

-“No te preocupes, todo va estar bien” –respondió con tranquilidad el hombre que en su momento cumbre llegó a manejar un emporio de más de 3 mil cuartos de hotel en los destinos turísticos más importantes del país.

90 minutos después, tras regresar con los alimentos pedidos, Irma Magaña se vio envuelta en un vendaval desatado tras la muerte de su marido. Con el cuerpo inerte entre sus brazos pedía a gritos que lo reanimaran, pero todo fue inútil, Salvador F. Ornelas Hernández había muerto por última vez, víctima de una septicemia a los 68 años de edad.

Porque esa fue la segunda muerte del magnate hotelero, la primera fue el 22 de julio del 2005, cuando su hijo Salvador Ornelas Gutiérrez literalmente le dio un golpe de estado y lo desconoció como presidente del corporativo hotelero que durante más de 30 años consolidó a base de audacia y mucho esfuerzo.

UN PEQUEÑO CON SUEÑOS GRANDES

Hijo único de Jesús Ornelas Cervantes y Catalina Hernández Camarena, el niño Salvador F. Ornelas Hernández nació el 29 de octubre de 1945 en el seno de una familia de clase media altamente conservadora. De su padre Jesús aprendió lo que sería su regla básica de vida: “la clave de la riqueza está en el ahorro”.

Y vaya que le gustaba ahorrar, muchos de sus colaboradores recuerdan infinidad de anécdotas que ilustran lo cuidadoso que era con los pesos y los centavos, como cuando hacía viajes de promoción a Estados Unidos y pretendía obligar a sus acompañantes a cenar en McDonalds.

-“Tengo mucha hambre” –le decía un colaborador en alguno de sus muchos viajes al extranjero.

Miguel Eduardo Flores Andrade, amigo de la infancia, recuerda hoy el esmero con el que Salvador envolvía sus cobijas en cajas de cartón muy bien ornamentadas. En un viejo galerón que le rentó su tía Anita montó su fábrica de cobijas para bebé con una inversión inicial de 30 mil pesos. Con unas cuantas costureras y un empacador empezó su negocio de cobijas que personalmente distribuía en los principales almacenes de Guadalajara a bordo de su Chevrolet amarillo del año 59. Poco después montó su propia tienda de ropa para niños, El Bebé Inglés, con sucursales en Plaza del Sol, Morelia, San Luis Potosí y Ciudad Juárez.

Al mismo tiempo realizó estudios de Administración de Empresas en el ITESO de Guadalajara, aunque finalmente abandonó la universidad para dedicarse de tiempo completo a su carrera empresarial.

Pese a haber sido muy noviero en su adolescencia, a los 19 años de edad conoció a la que sería su primera esposa y antes de los 21 años ya había contraído matrimonio. El éxito de la ropa para bebés le permitió ampliar sus horizontes empresariales incursionando en la construcción de vivienda de interés social, sin embargo su gran despegue en la industria hotelera ocurrió cuando su esposa recibió como parte de su herencia la primera torre del hotel Vista Aranzazú en Guadalajara y el hotel Presidente de Morelia.

Tras vender su negocio de ropa Salvador F. Ornelas se dedicó de lleno a la industria turística, logrando en un tiempo muy corto la construcción de la segunda torre del hotel Vista Aranzazú para posteriormente comprar el hotel Vista Playa de Oro de Puerto Vallarta, el Vista Playa de Oro de Manzanillo, el Hotel Vista Plaza del Sol en Guadalajara y el Crown Plaza de Cancún, además de construir el Golden Crown Puerto Vallarta.

Fue en Cancún, tras cerrar la compra del hotel Crown Plaza Cancún, donde sumaría una gema más a su cadena de hoteles, cuando un directivo del Banco Bilbao Vizcaya le ofreció en venta lo que sería el Golden Parnassus. “Si ya nos debes 14 millones de dólares por el Crown Plaza pues te prestamos otros 10 millones para que te quedes con el otro hotel, al fin que ya has demostrado que tienes capacidad para pagarnos” –le ofreció el ejecutivo del banco a Ornelas, quien por supuesto terminó aceptando la propuesta.

EL HOMBRE Y LA LEYENDA

Entre 1978, cuando asume la gerencia del hotel Aranzazú y construye la segunda torre, y 1989, cuando adquiere el Crown Plaza Cancún, ahora conocido como Crown Paradise Club, y enseguida el que sería el Golden Parnassus, Salvador Ornelas Hernández se consolidó como uno de los empresarios más visionarios de la industria turística nacional, caracterizándose por su audacia y, sobre todo, por su decisión de no hacer sociedades con nadie.

En su mejor momento llegó a consolidar un emporio hotelero de más de tres mil cuartos de hotel, revolucionando la industria turística de Cancún al introducir un concepto de Todo Incluido al más alto nivel.

A su audacia a la hora de invertir mediante créditos bancarios agregó en no pocas ocasiones fuertes cantidades de buena suerte, como cuando negoció grandes créditos en pesos justo antes de una devaluación que llevó a muchos empresarios a la quiebra.

En el año 2001, tras firmar su divorcio, Salvador F. Ornelas Hernández constituyó un Fideicomiso en el que incorporó todas sus propiedades poniendo a sus cuatro hijos como únicos herederos, con la condición de que sólo podrían disponer de esas propiedades tras la muerte del padre, quien sería el administrador general del fideicomiso.

Con una nueva familia integrada por Irma Magaña y sus hijas Paola y Michelle, Salvador F. Ornelas se asentó en Cancún, desde donde manejaba su emporio con austeridad y mano de hierro.

-“Tenía una forma muy especial de decir que te

quería, si no te decía que eras un pendejo entonces no te quería” –recuerda su viuda Irma Magaña. Por su parte algunos de los que por años trabajaron a su lado refieren todo tipo de anécdotas que ilustraban su peculiar forma de gastar el dinero. Uno de ellos recuerda que un día le dijo: -¿de qué chingados son estos 270 pesos de gastos? -Son de clavos señor –le respondió.

-¿Y para qué chingados quieren tantos clavos, ¿sabes cuánto vale un kilo de clavos?

-No se señor, unos 70 pesos…

-¿Y sabes cuántos clavos tiene un kilo?

-No señor, no lo sé.

-¡Pues averígüalo cabrón, que para eso te pago!

TERRITORIO DE HURACANES

En el caribe mexicano todo parece medirse en huracanes. Cada fecha está ligada al paso de un meteoro. Janet, Gilberto, Isidoro y Wilma forman parte de la historia de Quintana Roo por los grandes daños que han ocasionado en la región, aunque de 1982 a 2012 han sido 25 los huracanes que han pasado por la región, unos más destructivos que otros.

En julio del 2005 un huracán de nombre Emily acechaba a Cancún. Sin imaginar la tormenta que se aproximaba, Salvador F. Ornelas disfrutaba de Orlando en compañía de sus hijas Paola y Michelle, con quienes se divertía en el parque de atracciones.

Era el 22 de julio cuando, con precisión de relojería suiza, se puso en marcha un operativo judicial en Guadalajara, Puerto Vallarta, Manzanillo, Morelia, Los Ángeles y Cancún. Decenas de abogados del corporativo encabezado por Salvador Ornelas hijo tomaron el control de los hoteles de la cadena como si se tratara de un golpe de estado. El operativo incluía una restricción judicial que impedía a Salvador Ornelas Hernández acercarse a lo que por muchos años fue de su propiedad.

Horas antes el Junior Salvador Ornelas Gutiérrez había acudido a misa para comulgar. Ya en paz con Dios, se acomodó en su oficina de Cancún para tomar las riendas del impresionante operativo que despojaría a su padre del producto de toda una vida de intenso trabajo. De manera sincronizada grupos de abogados y auditores apoyados por policías judiciales y guardias de seguridad privada tomaban por asalto las oficinas de los hoteles de la cadena. Mientras Salvador F. Ornelas se divertía en la fuente de los Muppets los abogados de sus hijos Salvador, Rebeca, Anabela y María Fernanda concentraban a todos los ejecutivos de la cadena y los incomunicaban como si fueran peligrosos criminales.

Uno de los altos directivos del Corporativo Hoteles Vista, recuerda esas horas en el hotel Vista Plaza del Sol de Guadalajara:

“A las nueve de la mañana llegó un grupo de auditores y abogados y me dijeron que les tenía que entregar todo, chequeras incluidas. Todo el comité ejecutivo de los hoteles fue aislado en un salón hasta las tres de la tarde, cuando nos colocaron un teléfono enfrente en el que mediante el altavoz el Junior nos informó que su padre había sido desconocido como director general de la cadena.

-“Mi padre es un alcohólico que está derrochando el patrimonio familiar, es un irresponsable incapaz de seguir dirigiendo esta empresa, no tiene capacidad para seguir al frente de la empresa y por eso he decidido ponerme al frente del corporativo, por derecho estoy tomando el control de lo que nos pertenece, nadie está despedido, todos los que quieran seguir trabajando en la empresa podrán hacerlo, pero aquellos que quieran irse también tienen la puerta abierta para hacerlo”.

Desde Cancún, Irma Magaña intentaba en vano comunicarse con su marido para ponerlo al tanto de los acontecimientos. Un día antes le había advertido: “el Junior está tramando algo, es raro que esté muy interesado en saber con certeza cuándo vas a salir del país, si a él nunca le importa dónde andas”. -“Estás loca, no pasa nada” –le respondió Salvador F. Ornelas, el mismo que un día después no daba crédito a lo que su esposa le estaba confirmando.

EL CUARTO MANDAMIENTO

Enterado de su destitución como director general del corporativo que por décadas forjó con sus propias manos, Salvador F. Ornelas Hernández regresó a Cancún para hacer frente al problema. Con sus cuentas bancarias personales congeladas tuvo que pedir dinero prestado a sus amigos para ponerle combustible a su jet privado para viajar a Guadalajara.

Acompañado de sus abogados, Salvador F. Ornelas Hernández inició un largo proceso de negociación con el grupo que acompañaba a su hijo. Finalmente el litigio concluyó con un acuerdo que consistía en que Salvador padre se quedaría con el hotel Golden Parnassus de Cancún y alguna importante cantidad de dólares, además del usufructo de por vida de las rentas de los locales comerciales de toda la cadena. Fuentes cercanas a la familia estiman que el valor de las empresas en disputa ascendió a los 200 MDD.

Cuenta uno de sus amigos que durante una de las reuniones de conciliación Salvador hijo le ofreció “un chivo” de 100 mil pesos mensuales. “Prefiero pedir limosna en el crucero de la López Portillo antes que aceptar tu ofrecimiento”, dice que le contestó.

-“Mijo, ¿qué más quieres de mi si ya me lo quitaste todo?” –le preguntó al Junior en una de sus reuniones, y este, ante la mirada incrédula de quienes los acompañaban, lo empujó con su mano y le respondió fríamente: “meterte a la cárcel”.

En otra ocasión uno de sus abogados le aseguró a Ornelas Hernández que el Fideicomiso podía revertirse mediante una de sus cláusulas que establecía que en caso de ingratitud de parte de los beneficiarios el fideicomiso quedaba cancelado, pero él decidió no pelear más con sus hijos. “No vale la pena pelear, a fin de cuentas tomaron lo que era de ellos, solamente lo tomaron antes de tiempo” –sentenció.

Pese al arreglo al que llegó con sus hijos, Salvador F. Ornelas Hernández se hundió en una depresión que lo hizo olvidarse de su nueva obra, la construcción del hotel Great Parnassus, cuyos cimientos fueron severamente dañados por el paso del huracán Wilma.

Fueron su esposa Irma Magaña y sus hijas Paola y Michelle quienes finalmente consiguieron sacarlo de su depresión obligándolo a salir de su casa para reasumir la construcción del hotel Great Parnassus. Unas cuantas horas en la obra fueron suficientes para que Salvador F. Ornelas Hernández volviera a ser el hombre lleno de energía que siempre fue, como un auténtico Ave Fénix se preparó anímicamente para resurgir de sus cenizas, sin embargo su salud entró a un tobogán que lo hizo someterse a una operación de by pass.

Con los recursos obtenidos mediante pesados créditos bancarios logró terminar el hotel Great Parnassus, un moderno desarrollo de 500 habitaciones ubicado en el Km. 17 de la Zona Hotelera de Cancún que muy pronto se posicionó como uno de los hoteles líderes en la región.

Fue el inicio de una nueva corporación, Parnassus Resort, que con la compra en el 2010 del hotel Kore Tulum, considerado el mejor hotel de la zona al atender un nicho de mercado más selectivo, se consolidó como un naciente emporio hotelero de 820 habitaciones, prácticamente la tercera parte del conglomerado hotelero que Salvador F. Ornelas perdió tras el rompimiento familiar. Irónicamente, en el mismo lapso de tiempo, el corporativo heredado por Salvador Ornelas Junior perdió

la tercera parte de sus activos al deshacerse de los hoteles Serena y Plaza del Sol en Guadalajara. Pese a su renovado optimismo, no eran extraños los momentos en los que Salvador F. Ornelas Hernández hablaba de su muerte cercana. En un cuaderno amarillo, recuerda su viuda, escribió de su puño y letra los detalles de su funeral:

-“Mi caja la va hacer don Filemón, el carpintero del hotel, y en la misa van a hablar Pedro, Miguel y Ricardo, tu no vas a poder hablar porque vas a estar llorando, además me pones el smoking con el que me casé, pero le quitas las mancuernillas porque son de oro”.

Hoy Irma Magaña reconoce que tan solo la caja que compró para velar el cuerpo de su esposo tuvo un costo de 800 mil pesos, “entre el dolor de su muerte y los gritos de la gente en el hospital no supe ni lo que firmaba”.

Si Don Salvador reviviera y se enterara de que su funeral costó un millón y medio de pesos seguramente se volvía a morir del coraje.

ORNELITAS POR SIEMPRE

En la oficina principal del hotel Great Parnassus de Cancún, sobre un escritorio colocado a un lado de la entrada, está una urna de madera en cuyo interior finalmente descansan las cenizas de Salvador F. Ornelas Hernández. Por más de un año la urna fue del tingo al tango, lo mismo pasó de mano en mano en diversas fiestas de la familia que viajó por buena parte del mundo en las vacaciones familiares. En una emotiva ceremonia parte de las cenizas fueron plantadas en un jardín del hotel Great Parnassus, entre las raíces de una palmera, a unos cuantos metros del caribe mexicano que tanto amó. De cualquier forma Salvador F. Ornelas Hernández parece seguir divirtiéndose, al menos eso opinan algunos de los empleados del hotel Great Parnassus cuando descubren que el celular que habían dejado sobre la mesa terminaba inexplicablemente tirado sobre la alfombra.

LA ÚLTIMA LLAMADA

Un día después de que los restos de Salvador F. Ornelas Hernández fueron cremados su viuda Irma Magaña recibió una llamada telefónica de una conocida clínica médica de Cancún, donde 15 días antes Don Salvador se había visitado

-“Me podría comunicar con el señor Salvador F. Ornelas Hernández, es urgente” –dijo una voz al otro lado del teléfono

-¿De parte de quién? –preguntó Irma Magaña.

-Le hablamos de la clínica, ya tenemos los resultados de sus exámenes y es muy importante que se someta cuanto antes a un tratamiento médico.

-“Eso va a ser imposible señorita”, -respondió la viuda, “Salvador Ornelas murió hace cinco días”.

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