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“El Hombre Mediocre”, de José Ingenieros

Por Juan CABELLO

Desde la convalecencia me vienen a la mente las obras, clásicas ya,  donde se vierten palabras elocuentes que se transforman como por arte de magia en diálogos inteligentes, mensajes que transmiten las plumas de escritores inspirados, los que, con atronadoras verdades, increpan lo establecido, desafiando todo, con una casi absurda obstinación y sin temor a las consecuencias.

El episodio de Herman Hesse casi al final, en el libro El lobo estepario donde en medio de una alucinación interminable ya no sabe si asesinó a su esposa o fue su imaginación; me hace ver los hechos y acontecimientos actuales en mi país, en mi estado, como la sinrazón de la razón, la descarada realidad, y sus lúgubres personajes, sus mediocres magistrados, consejeros, diputados, presidentes, secretarios de estado, políticos, gobernadores, clérigos y funcionarios fungiendo como actores de reparto, en una obra de quinta categoría (sin intención de ofender la quinta categoría), con un desenlace casi tele novelesco,  donde el público harto de tanta porquería, ya está echando mano a sus fierros, como queriendo pelear.

Leyendo a José Ingenieros en un intento de ubicar mi mediocridad, encuentro frases llenas de vigor, y sin más leo:

 “Las fuerzas conservadoras que componen el subsuelo social pretenden amalgamar a los individuos decapitándolos; detestan las diferencias, aborrecen las excepciones, anatematizan al que se aparta en busca de su propia personalidad. El original, el imaginativo, el creador no teme sus odios: los desafía, aún sabiéndolos terribles porque son irresponsables.

Por eso todo idealista es una viviente afirmación del individualismo, aunque persiga una quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás.”

Existen grupos, grupúsculos o células sociales, interesados en ciudadanizar los actos de gobierno, cosa que a mi ver, funcionaría a la perfección, pero en Francia, Inglaterra o los Estados Unidos, pero no aquí; no puedo concebir un gobierno ciudadano tratando de dilucidar ¿cómo los magistrados trasgreden las leyes, cuando su función es precisamente hacerlas valer?; ¿cómo los consejeros de la judicatura disponen ilegalmente de recursos públicos, cuando su función es cuidar el buen manejo de los recursos?; ¿cómo los diputados sostienen a un delincuente confeso, derrochan sus ingresos al punto de quedarse sin dinero para pagar aguinaldos, y hacen todo tipo de tropelías (aires acondicionados, etc.), en vez de legislar, si, LEGISLAR para hacer valer la ley?; ¿cómo un gobernador mienta la madre a sus gobernados en completo estado de embriaguez y no conforme con eso, dice que le vale madre lo que piensen de él, y tiempo después anuncia que quiere ser candidato del PAN a presidente de México?; ¿cómo los políticos aspiran a cargos de elección a los que están impedidos por ley y sin pudor, ni asomo mínimo de vergüenza, rayando en el descaro “compran” voluntades judiciales y consiguen un fallo legaloide para obtener una diputación en la que, por cierto, se pierden, con su mediocre papel, en los claroscuros de la decoración del congreso?; ¿cómo los funcionarios  olvidándose de su calidad de “servidores públicos”, mal hacen su trabajo, pensando en el siguiente cargo, importándoles muy poco, si la ciudadanía (ésa que quieren poner a gobernar), está de acuerdo con ellos?; ¿cómo un cardenal, se aferra a bienes terrenales que no le pertenecen, en el ocaso de su vida, cuando su misión y su trabajo es encaminar el espíritu a la gloria?, ¿cómo imaginarlos si hasta decirlo es difícil?

¿Qué hago con la indignación?

La lectura de Ingenieros vuelve, casi al final, reconfortante, cuando, hablando de mediocridad, leo: “Entra a la penumbra el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y la dignidad. En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. Todo lo vulgar encuentra fervorosos adeptos en los que representan los intereses militantes; sus más encumbrados portavoces resultan esclavos en su cima. Son actores a quienes les está prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde a que se ajustan las demás piezas del mosaico.”

Estampas de claridad inobjetable que como mansa calma, dan sosiego a mi desconsuelo, hacen que brille la esperanza, hacen creer que no todo está perdido.

“Nada cabe esperar de los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.”(¿Quién creen?, José Ingenieros, por supuesto)

El problema es de educación; desde la casa, desde la escuela, tenemos que enseñar a los pequeños, el valor de las ideas.

El político desde la tribuna, el clérigo desde el púlpito, el maestro desde la palestra, pueden con sus acciones, hacer valer las ideas, deben ser congruentes con su función, honestos en su vivir y ejemplo a seguir. Entonces y sólo entonces serán respetados y harán respetable su encargo.

Postrado, agradezco con notable regocijo, el haberme acompañado en éstos días de libros ya leídos, releídos y nunca totalmente comprendidos como El lobo estepario, de Herman Hesse, y El hombre mediocre, de José Ingenieros.

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