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Perfil Político: Futbol y Política

Por Luis Alberto ALCARAZ

UNA MALA COMBINACIÓN. Tiene mucha razón Eugenio Ruiz Orozco cuando advierte que el futbol ya no es como antes, evidentemente que hoy estamos ante un asunto meramente comercial, por eso el futbol debe quedar en manos de empresarios audaces que gusten invertir sus millones en un negocio de alto riesgo, que puede ser exitoso o un fracaso rotundo. Convencido de esta nueva condición del futbol mexicano Eugenio Ruiz Orozco no tuvo empacho en vender al Atlas como puerco flaco, ante la certeza de que en caso de no hacerlo terminarían viendo al equipo en la segunda división. Aunque el Atlas lleva más de 50 años de no ser campeón del futbol mexicano, temporada tras temporada se ha caracterizado por ser un animador del torneo a pesar de haber sido prácticamente el último equipo mexicano en ser propiedad de una verdadera asociación civil. En un mercado altamente inflado en materia de contratos y salarios, el Atlas no tenía mucho futuro, de ahí que la mejor opción que encontró Eugenio Ruiz Orozco fue venderle el equipo a Televisión Azteca, propiedad de Ricardo Salinas Pliego, con el compromiso de que el equipo no cambie de nombre ni salga de Guadalajara. En realidad ese era el mayor activo de la franquicia, los miles de fanáticos que el equipo tiene en una Guadalajara cuya sociedad se divide en chivistas y atlistas. Político como siempre ha sido, Ruiz Orozco fue incapaz de encontrar una solución más eficiente para garantizarle al equipo una nueva etapa exitosa, así que la mejor opción fue rematarlo al mejor postor.

LOS LEONES RASURADOS. Casi de manera paralela con la venta del Club Atlas, la Universidad de Guadalajara concretó el entramado para conseguir que el equipo Leones Negros regresara a la primera división tras 20 años de jugar en la liga inferior. El hecho trae locos de contento a las élites involucradas en el manejo de la Máxima Casa de Estudios de Jalisco y buena parte del actual grupo en el poder estatal debido a sus raíces universitarias, pero de ahí en fuera el retorno de los Leones Negros a la primera división no es un asunto que conmocione a las mayorías. Y es que en su mejor época Leones Negros, al igual que Tecos de la UAG, se caracterizaban por su mediocre arrastre de taquilla. Prácticamente las mejores entradas de estos equipos se registraban cuando recibían en casa a escuadras como el América y el Guadalajara, que garantizaban un lleno total en el estadio. Fuera de eso cada partido de local de Tecos y Leones Negros era un asunto entre familia, lo cual generó un chiste muy popular en aquellos días: un aficionado llamaba a las oficinas de los Leones Negros para preguntar a qué hora jugaría el equipo, ante lo cual le secretaria respondía: ¿a qué hora puede venir?

UN NEGOCITO MÁS. Hoy el retorno de los Leones Negros a la primera división sólo representa buenas noticias para un puñado de nostálgicos que añoraban las mieles del ambiente futbolístico de primera división con cargo al presupuesto público. De ahí en fuera esta importante noticia deportiva implica un enorme reto financiero para la UdeG y para el propio gobierno de Jalisco, especialmente porque la filiación universitaria del gobernador, Aristóteles Sandoval, garantiza que hará cualquier cosa para que el equipo se mantenga en primera división durante varios años, aunque para ello se tenga utilizar enormes recursos del presupuesto estatal para financiar al equipo. En este contexto lo más sensato para la UdeG debiera ser la venta de la franquicia a un grupo empresarial que esté en posibilidades de hacerlo competitivo. De ser así estaríamos ante el primer gran negocio exitoso de la UdeG, cuyos dirigentes históricos se regodean con sus grandes éxitos culturales fondeados por miles de millones de pesos provenientes del erario público. Se entiende que una universidad está obligada a fomentar el deporte, pero también es claro que debe ser en el ámbito amateur. Hacerlo en el terreno profesional es derrochar a lo tonto el dinero de los contribuyentes en aras de satisfacer los antojos de unos cuantos.

ROBOS EN DESPOBLADO. Por desgracia el futbol mexicano no ha cambiado del todo, ya que en esencia el negocio sigue siendo boyante gracias a la generosidad de millones de mexicanos que sienten como propios los triunfos y fracasos del equipo de sus amores. Impresiona que en Puerto Vallarta haya gente que se sienta realizada ante la posibilidad de que el León vuelva a ser campeón de la primera división, porque fuera de los dos grandes equipos con presencia nacional el resto de escuadras representa el orgullo regional de cada zona en que están asentadas. Por eso los Leones Negros, al igual que los Tecos, no tienen ningún futuro porque no representan a nadie, salvo a un puñado de interesados en seguir derrochando dinero público en sueños privados. Ni siquiera los Pumas de la UNAM han logrado ser un buen negocio para la máxima casa universitaria, porque ni siquiera su bicampeonato les sirvió para garantizar ganancias a la UNAM, sin embargo se mantiene gracias a un millonario presupuesto emanado por supuesto de las arcas públicas. En el peor de los casos los Pumas aportan vistosidad al futbol mexicano y tienen seguidores en todo el país, lo cual justifica a medias el enorme costo que su manutención implica para la Universidad, pero los Leones Negros carecen de todo eso y al final sólo terminarán siendo una pérdida más para la UdeG.

POSDATA. Por desgracia millones de mexicanos siguen empeñados en contribuir a la riqueza de tipos sin escrúpulos como Jorge Vergara, Carlos Slim, Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas Pliego, quienes explotan el fanatismo de los amantes del futbol a cambio de un espectáculo mediocre. Atascado de estrellas y entrenadores extranjeros, el futbol mexicano es una mina de oro para sus propietarios, aunque la Selección Mexicana ya ni siquiera pueda derrotar con contundencia a países como Jamaica o Trinidad y Tobago, ya no digamos a Estados Unidos.

VOX POPULI. Con la venta de equipos como el Atlas y el Guadalajara debiera abrirse una etapa en la que los fanáticos sean más reflexivos y puedan obligar a los dueños de estos equipos a elevar el nivel del espectáculo. Jorge Vergara, por ejemplo, no merece ser dueño del equipo más popular de México, no se merece el respeto de esa afición y debiera ser castigado por ello. Pero en una industria donde propietarios y empleados no se caracterizan por su inteligencia es imposible esperar una fanaticada inteligente. Después de todo el futbol sigue siendo un disipador de la tensión ciudadana, como podrá comprobarse el mes entrante durante la celebración del mundial de futbol en Brasil.

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