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Muros y Puentes: Un Tochito (III)

Por Raúl CABALLERO GARCIA

La Quema del Borrego 

Puedo estar confundido pero creo que fue aquélla vez, en 1963, cuando ambos equipos aparecieron en el Universitario con sendas mascotas. A veces los recuerdos provienen de una anécdota plástica, es decir, cuando la escena aparece multicolor y a todo detalle pero en otras ocasiones lo recordado es empujado por la fantasía o el anhelo inconsciente de haber vivido lo que se rememora, tal vez esto último sea el caso en estas líneas que buscan narrar una reminiscencia medio oculta entre recuerdos de posibles vivencias o en todo caso de vagas experiencias infantiles del espectador de entonces.

Acaso pues el recuerdo sea ficción pero lo literario no le quita lo real.

Un día antes desde temprano los universitarios se fueron juntando en Ciudad Universitaria para realizar uno de sus populares desfiles, cuya euforia avanzaría hasta las calles del centro de la ciudad, culminando en Zaragoza y Morelos. Ya sabes, los Tigres acostumbraban hacer un desfile la víspera del clásico, con carros y camionetas de los estudiantes decorados como Dios les daba a entender (aunque para ser justos los había plenos de creatividad y originalidad), por lo general eran alusiones al equipo y muchos de los estudiantes se disfrazaban de diferentes personajes. Ese año Homero Santos G. causó sensación porque disfrazado de Cleopatra se convirtió en la figura principal del desfile, rodeado de un séquito que le cumplían extravagantes deseos y le echaban aire con sendas hojas de palmas, otros estudiantes se disfrazaron de tigres, otros golpearon una piñata en forma de borrego y al final la quemaron, echando porras a los Tigres.

El día del clásico, en el estadio, los estudiantes del Tecnológico estaban muy orondos porque un grupo de entusiastas —todos con sus chamarras portando una gran T en la espalda— acababan de dar la vuelta olímpica con un enorme borrego blanco. 

Se veían satisfechos. Presumían al hermoso animal. Desde la línea de la yarda 50, en el centro del campo, contestaban las ofensas que desde las gradas contrarias recibían. Luego se fueron a su lado del campo, cerca de la banca de los jugadores.

Fue entonces cuando se escucharon las porras universitarias y un vocerío atronador desde las gradas de los Tigres. El entusiasmo y el júbilo por la identidad deportiva atravesaban el campo hasta el silencio humeante del público de los Borregos. Todos observábamos cómo entraba por un extremo del estadio una escuadra de jugadores felinos rodeando orgullosos una gran jaula con un enorme tigre de bengala que se movía, limitado pero se movía de un lado a otro, resoplaba babeante, rugiendo majestuoso de tanto en tanto con una mirada curiosa y salvaje. La vuelta olímpica apoteósica. Luego llevaron el carruaje de la jaula hasta un costado de la banca de los Tigres. Las gradas azul y oro desbordaban algarabía. Entonces el domador, escoltado por dos hermosas edecanes circenses, sacó de la jaula al felino que uno lo recuerda de gran tamaño, pelaje dorado con rayas negras en el lomo y en la cola. Allá iba dirigido por el domador hasta el centro del campo donde dio un paseo en círculo exhibiendo su majestad y fiereza. Un momento de pasmo cuando el tigre clavó su mirada en el borrego. Fue un instante de profundo silencio que la voz del domador rompió, y las gradas de los Tigres hirvieron de alegría imantadas por la presencia de la fiera. El domador devolvió al animal a la

jaula y cuando todos pensábamos que ya el partido comenzaría, los porristas del Tec se encaminaron de nuevo al centro del campo con el bendito borrego.

Gritos y silbidos de ambos bandos, de ambas porras, de ambos públicos que se fueron apagando a causa de la curiosidad de saber por qué habían vuelto con la mascota al campo. Ya sólo se escuchaba un grito por aquí, una mentada por allá, pero todo se volvió de pronto expectación. Entonces el asombro general creció cuando uno de los porristas roció al animal con gasolina al tiempo que otro le arrojaba una antorcha encendida. El borrego berreaba enloquecido mientras corría de un lado a otro envuelto en fuego. En las gradas había de todo, gritos destemplados de espanto, insultos coléricos, enfurecidos, llantos femeninos. Nomás los salvajes porristas reían en el centro del campo, pero cuando vieron que no había un respaldo generalizado en su propio lado optaron por escurrirse, en tanto que el animal agonizaba en una orilla de las diagonales aún dentro del campo. Ahí estaba tirado sin que nadie se le acercara, aun daba dolorosos berridos, hasta que un policía se aproximó hasta el pobre borrego quemado y le dio un tiro de gracia. Minutos después olvidábamos momentáneamente al borrego. El tigre permaneció apacible todo el partido, pero nunca más se vería en Monterrey una quema del borrego como esa, y encima el Ing. Cayetano Garza canceló nuevas propuestas de llevar tigres al estadio. Ese día los Tigres humillaron a los Borregos 49 a 7.

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