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Midnight in Paris

Por Lucrecio PETRA DEL REAL

“Salimos del Angélica…/con Midnight in Paris/

Woody Allen es más Allen que siempre/y Owen Wilson es más Woody que nunca”.

Raúl Caballero, en Facebook

Nada nueva la referencia a esta deliciosa película: asistimos a aplaudir al Woody Allen conocido: los que sí son críticos de cine coinciden: maestro.

A ver elucubremos, empecemos con la consabida sinopsis, esa ficha infaltable, elástica y moldeable a lo largo de las reseñas: Comedia romántica que transcurre en París, una familia que viajó a la capital francesa por razones de trabajo (y turismo). Una pareja comprometida que planea casarse el próximo otoño… pero cada cual quiere vivir París a su manera por lo que vivirán una transformación en sus vidas, un choque muy Woody, a raíz de una persistente alteración de personalidad (en él) que se encuentra en la ordinaria y consistente personalidad de ella. El prometido, un hombre culto y fantasioso que ama profundamente esa ciudad, adentrado en la novela que escribe y exterioriza a cada rato, incursiona en una ilusión producida a la vez por su obsesión de hacer cine (es un guionista) o en otras palabras lo alcanza la fantasía de ser el otro que siempre intuye ser, en el momento que siempre ha alucinado vivir, y se mete… saliéndose.

Desde la secuencia de imágenes al comienzo de la película se desprende que es un rendido homenaje a París, con toda la carga emocional o amorosa o cursi o nostálgica que el lector le quiera imprimir… pero ese es sólo el principio, la película es Woody Woody —como repite mi compañera Laura Blas para reafirmar que es más que “muy Woody”, y cada vez la repetición hace más intensa la afirmación—, el director se pone los zapatos del protagonista y entra y sale de su película como éste de su hotel y de sus dudas y de sus encantamientos y de la realidad… igual como nosotros de la sala de cine, del mundo del cine, pero a lo Woody Woody.

Un crítico en la revista literaria La sirena que se peina destaca que Woody,  el añejo Woody, trufa sus filmes con la receta acostumbrada. Hay también quien dice que Woody, con sus filias y fobias de todos conocidas, demuestra que logra salirse de ellas (¿y verse en el espejo?). Aquí nadie rebatirá a nadie por eso añado que al decir de otro renombrado crítico el cineasta nos regala una película maestra año con año, motivo principal del culto, y con Midnight in Paris estampa su firma impecable.

Y sin duda, los actores que dirige son magníficos, pero regios en serio. Todos están bien, además de bien enmarcados en un devenir (detalla más o menos así el escritor de La sirena…) sereno de la cámara, en diáfanas composiciones cinematográficas, en una fotografía esmerada 

en sus tonalidades y por supuesto en una banda sonora con un swing aquí, un jazz allá, una intermitencia de melódicos riffs al estilo de las big band por acá.

Digerimos sus temas recurrentes, la variedad de crisis invariables, es decir las existenciales, las creativas, las de pareja y ahora el choque del presente en la ciudad que en Nueva York, Allen soñó en el pasado. Uno piensa que es sintomático que la prodigiosa Marion Cotillard —quien paradójicamente conquistó Hollywood con La Vie en Rose— sea la musa del alter ego de Allen encarnado por Owen Wilson (en el papel de Gil) en el París de medianoche donde todo tiempo pasado es mejor (¿aunque no hubiera aire acondicionado?, no lo creo, dijo el mismo Allen en una rueda de prensa).

Regias actuaciones dirigidas por un Allen más travieso. Formalmente debo decir más divertido que nunca, incluso tan juguetón que los críticos le perdonan que el detective contratado por el suegro de Gil termina perdido en otro mundo.

Wilson estupendo, de por sí como dice de sí mismo es neurótico, tiene manías y es supersticioso, además un comediante ya empedernido que “juega con los extremos de lo culto y la tontería” (dice el periodista Gonzalo Paz en Alma magazine), o sea que ni mandado a hacer para protagonizar a Allen actuando a que es él mismo; haciendo de soñador; de novelista incierto; de tímido seductor; de obsesivo guionista; de distraído, perdido y fantasioso en las calles de París, y también en los tiempos del otro París, el anterior, el que está más allá del mito, el que se pliega en su esencia; de cineasta que imagina una película de creación literaria dentro de una película que además, ciertamente, ha sido dirigida por Woody Allen.

Cotillard (como Adriana) una delicia, qué placer, ooh la la. Como dice el mismo Paz en el mismo magazine: “No es descabellado que el neoyorquino haya pensado en Marion: encarna a la musa de la ciudad luz entre punteos de Django Reinhardt (ese virtuoso del jazz francés) quitándole el sueño a Owen Wilson en su idilio con la capital francesa”.

Es cierto: “Su forma de interpretar es muy natural” (Woody dixit). “Su cara es muy expresiva. Ella no interpreta, ella es”. Y va más allá, la lleva más allá, hasta la Belle Époque…

Rachel McAdams como Inez, cumple y colma; Kathy Bates como Gertrude Stein, un regocijo; Adrien Brody como Dalí, ingenioso; Alison Pill, como Zelda Fitzgerald dramática, en fin el elenco que es extenso es regio, regio.

Pero añadamos las vicisitudes (y la reencarnación) del protagonista, el desdoblamiento del autor (y del personaje), como fenómenos que se conjugan cuando Gil se traslada del París actual al del Siglo XX en los años 20 y vive una transportación plausible a través de la magia de su propia fantasía, vive el contraste con la visión soleada de la vida de Inez y la ciudad nocturna, vibrante, que le dio curso a la producción febril de los artistas que dieron la pauta a la cultura del siglo pasado.

Allen se complace (y complace) con las referencias y apariciones en ese desfile “All Star de personalidades del arte y la literatura”, ironiza el desdoblado amigo John Richmond en la popular sección La casa de los espectadores de la revista The projectionist. Yep, en una suerte de homenaje implícito, complicidades y guiños de por medio “sin pudor” y con exageración… ahí están los poetas y literatos Eliot, Hemingway, Fitzgerald, la mencionada Stein, Djuna Barnes; los cineastas y fotógrafos Man Ray, Buñuel, Cocteau; los maestros Dalí, Matisse, Picasso y otros entre los que se queda Adriana dentro de otro tiempo aún más lejano, en ese otro doblez de la cinta.

En fin, pero en fin, dejemos que los críticos se pongan los lentes obscuros y sean ellos los que hagan el tejido de palabras para intentar decir lo que Allen hace y deshace en su juego (nunca mejor dicho) de espejos, el de las pantallas grandes donde todos nos vemos sin controversias, con una imagen irreprochable: lo bueno de Woody es que con su comedia genera una risa espontánea, libre, sincera y… lo mismo (en “el otro”, diría el clásico de la crítica, siempre en el otro) produce esa risa forzada, falsa, pedante… cosas de la naturalidad y (lo mismo) de su universal humor… ¿verdad?

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