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Me he Estado Acordando

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

Tradicionalmente los jacobinos han establecido que el sacramento de la confesión es una de las fuerzas oscuras con que la Iglesia ejerce su dominación sobre los ciudadanos. Personalmente no lo creo, ya que por lo general la confesión debe de ser el sacramento más enfadoso que puedan disponer los sacerdotes; para fortuna de la humanidad, yo no soy cura ni nunca he pretendido serlo, pero si lo fuera, nada me daría más flojera que ir a oír a una bola de gentes que por lo general se acusan de las mismas cosas siempre.

Sin embargo, la propia gente cuenta de confesiones que resultan francamente divertidas. Recuerdo cuando menos un par, que a mí me causaron mucha risa.

Una de ellas se la atribuyen a una pariente de la familia, que agonizaba. De hecho fue auxiliada por un sacerdote que le administró los Santos Óleos y, como consejo, le dijo a la moribunda que para el efecto del sacramento, debería perdonar a todos los que la hubieran ofendido. La confesante le replicó al señor cura que ella no tenía a nadie a quien perdonar. El sacerdote pensó para sí: qué mujer tan santa, no tener nadie a quien perdonar. En eso, ella, recuperando el aliento le dijo “No tengo a nadie a quien perdonar, porque el que me la hizo, me la pagó”.

Otra amiga, que es profundamente malhablada, en la confesión le dijo al sacerdote que cada vez que se encontraba a alguien en la calle, por cualquier motivo o sin éste, le mentaba la madre. El cura le preguntó que si no se le antojaba mejor rezar por ellos una oración, con lo que la confesante estuvo en principio de acuerdo, pero para aclarar paradas, le preguntó si la oración la hacía antes o después de mentarles la madre.

El padre Pelayo era un cura de Autlán, de no muchas luces pero muchas ocurrencias, de alguna forma podemos establecer que es precursor de la ciencia contemporánea, ya que cuando comentaba el pasaje de “y caerán las estrellas del cielo”, siempre comentaba: “Dejen la caída, los bujerones que se van a quedar en el cielo”, lo cual Hawking vino a decir años después, al hablar de los hoyos negros. Pues una vez visitaba la parroquia un canónigo de alto postín que decidió confesar a los feligreses que así lo desearan, obviamente toda la catrinencia de la población pretendió ir a recibir el sacramento de manos del señor canónigo y no del padre Pelayo, que era bastante rupestre. La fila era bastante larga, y llegó el padre Pelayo y la vio, por lo que le dijo a una mujer que fuera a confesarse con él, a lo que ella le indicó que estaba esperando al señor canónigo para recibir el sacramento, a lo que rápidamente contestó el padre: “Para confesar a una vieja taruga, no hace falta más que un cura tarugo, y aquí estoy, así es que véngase”, y la confesó.

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