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Los Riesgos de Trump

Por Juan Alberto SALINAS

Desde los resultados del Supermartes se han llevado a cabo dos días de elecciones en nueve entidades —algunas exclusivas para los Demócratas y otras para los Republicanos— y la matemática sigue su mismo curso: Clinton y Trump al frente. Sin embargo, ambos partidos se rehúsan a cerrar la nominación.

Durante la semana pasada ahondamos un poco sobre la perspectiva electoral y el panorama posterior al Supermartes. Ahora es momento de abordar el contenido y los riesgos. Por lo que quiero destacar particularmente tres puntos, centrado realmente en el Partido Republicano y Trump:

Primero, el futuro electoral del Partido Republicano. Desde finales del año pasado, el establishment del partido tenía calculado que únicamente llegarían tres candidatos como máximo a la jornada del 1 de marzo. Esto hubiera permitido que Trump quedara reducido a un candidato de protesta. Sin embargo, la incapacidad de acomodar intereses y visiones los ha hecho enfrentar un proceso de radicalización: entre lo demagogo, racista y xenófobo de Trump y lo evangelista, antigobierno, antimigración de Cruz. Sin Trump, quizá Cruz hubiera consolidado su triunfo desde hace algunas semanas, pero el voto de protesta se ha fragmentado. Entre los extremos, sobreviven dos perfiles que tienen el viento en contra: por un lado, Rubio, que perdió su momento con una pésima participación en el octavo debate en el que se le señaló como #Marcobot o #RoboMarco por repetir una y otra vez lo mismo; por otro lado, Kasich es el tipo de centro, constructor de coaliciones, pero requiere la caída de los punteros, que hoy resulta difícil.

En los próximos días vendrá la elección de Ohio y Florida. Estas dos elecciones cobrarán la vida de Rubio o Kasich, permitiendo cerrar la contienda de frente a la convención. Sin embargo, aun si Trump pierde el martes, estaría en posibilidad de asegurar la nominación con el 54% de los delegados restantes, situación que es factible. Hoy por hoy, parece que la única posibilidad para derrotarlo es lograr fragmentar el voto e ir a una convención abierta con un movimiento «todos contra Trump» y, aún así, no sería garantía.

Ante la probable victoria de Trump, se ha discutido en algunos foros la posibilidad de una candidatura independiente apoyada por Comités de Acción Política (Super PACs, como les dicen en Estados Unidos), afines a los círculos más arraigados del liderazgo republicano. De hecho, un nombre que tuvo resonancia la semana pasada fue Condolezza Rice, exsecretaria de Estado con George W. Bush. Esto es paradójico: a Trump le permitieron contender para no fragmentar; hoy algunos prefieren perder la elección con tal de no perder la identidad.

Si la demografía imponía por sí sola un reto importante a los Republicanos, el radicalismo que ha hecho una adquisición hostil del partido los coloca en mayores aprietos. Difícilmente conquistarían grupos minoritarios con políticas como la expulsión de musulmanes, deportación de hispanos, entre otras. Una elección que pudo haber sido sobre el cambio a la política ofrecida por ocho años de demócratas (¡liberales!, dirían los Republicanos), se dejaron llevar por la tentación por el resentimiento.

Segundo, el futuro técnico de los Republicanos. Una de las características del GOP es que tienen un sector intelectual con una gran influencia sobre política exterior. Entre ellos y algunos más de centro que les preocupa el nivel de debate en perfiles como Trump, decidieron denunciar su candidatura con una carta que ha sumado más de un centenar de intelectuales. Entre las críticas que realizan a Trump, destacan: (1) su visión sobre la influencia estadounidense en el mundo es inconsistente; (2) su promoción de las guerras comerciales son una receta de desastre para la economía global; (3) su afinidad a la tortura —y les faltó sumar su deseo de bombardeo indiscriminado, pero quizá algunos de ellos opinen sobre su necesidad—; (4) su posición antimusulmana; (5) su mal cálculo con México, Japón y China; (6) su afinidad por los dictadores con Putin y su retuit de la frase de Mussolini; y (7) concluyen que su experiencia en resolver conflictos de bienes raíces distan de ser igual de complejos que las decisiones de política exterior.

En otra publicación siguiendo el mismo tenor, Benjamin Wittes, notable académico estadounidense, publicó en www.lawfareblog.com que Trump era una amenaza a la seguridad nacional y dice, «[e]ste es Trump: el que promete resultados sin programas, promete hacer con la fuerza de su personalidad todo lo que un país no puede hacer a través de política y deliberación democrática».

Más allá de realizar argumentos que son poco atractivos para el elector promedio del Partido Republicano, muestran una fragmentación y un liderazgo incapaz de aglutinar. El partido que abanderó a Lincoln durante la Guerra Civil que pone fin a la esclavitud, hoy le abre las puertas a un porcentaje importante de electores que quiere retomar tan lamentable pasado.

Tercero, la relación con México. Hay tres puntos que son particularmente riesgosos. El primero de ellos es la retórica antimexicana. La relación actual es producto de avances culturales que se han construido por muchos años. En los últimos días hemos observado cómo en un juego de basquetbol de preparatoria gritaron «Trump! Trump!» a uno de los equipos que tenía hispanos en la cancha. Incluso si pierde Trump, habrá que hacer un recuento de daños a nivel cultural. El segundo es la construcción del muro. Como dijo David Axelrod en su podcast y twitter: quiere fronteras con muros, pero no conoce límites. Más allá de los complejos de los estadounidenses con su muro, es importante observar que su retórica agresiva tiene audiencia al afirmar que México pagaría por él, sea comercial o por miedo a su «revitalizado ejército». Situación que nos lleva al tercer punto: la guerra comercial. En una conversación en redes con Arturo Sarukhan y Lourdes Aranda, ambos embajadora con licencia, discutimos sobre las implicaciones del TLCAN. De ganar, Trump podría denunciar el régimen jurídico en ejercicio de su facultad de dirigir la política exterior y, el Congreso podría revertir los beneficios que se otorgan. Claro, en cualquier escenario México mantendría su derecho a la reparación. Sin embargo, sí colocaría un daño en la relación trilateral.

Las elecciones en Estados Unidos se han vuelto un punto de quiebre; el «Yes, We Can» parece haber pasado de moda. No es la primera vez que enfrentan retos similares, pero el brindar un espacio político de esta magnitud es una faceta que no se había visto: el racismo, el odio y la intolerancia dominan la plaza pública.

jasalinasm@gmail.com

@salinasja

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