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Las Delicias Tapatías

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

Realmente los tapatíos somos muy dados a la guzguería, por temporadas los tragones vamos celebrando diferentes ceremonias alimenticias rituales, que ahora ante la amenaza diputadil de las leyes anti gordos, tendremos que hacer clandestinamente, porque sólo nos falta que la autoridad nos prohiba comer lo que a cada quien le pegue la gana, total, los tragones en el pecado llevamos la penitencia y como dijo nuestro señor don Quijote: “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras”, por lo que pueden prohibir lo que quieran pero que no nos regañen ni den consejos.

Incluso, en materia de devociones alimenticias suelo recordar un versito que decía: “Que nació Jesús, buñuelos; que murió, las empanadas; que subió glorioso al cielo, suculentas tamaladas”.

En nuestra ciudad había la devoción de rezar 46 rosarios a la Virgen antes de su fiesta, o sea que se asistía al Santuario a cumplirla y desde luego a posteriormente mortificar esta carne inmunda y pecadora, además de gorda; por ahí quedaba la famosa Valentina, cuyo pollo era de fama, a mí el pollo no me hace muy feliz, porque se me hace demasiado sano, 

pero cambiaba con alguien el pollo por las enchiladas de nube (sólo cebolla y queso) que eran maravillosas.

Desde luego a la salida del templo venden los famosos buñuelos enmielados, las cañas y justo a la vuelta las muy tapatías tortas compuestas —las tortas y tostadas bautizadas como tortas del Santuario—.

Por este tiempo comienzan, sobre todo por el rumbo de Zapopan, las elotadas, aunque no sé por qué, pero ya prácticamente todo el año hay buenos elotes, pero esto también tenía mucho que ver con la recolección de siembras particulares, como un gusto de los cosechadores de compartir su alegría por la siembra.

Una de mis pasiones son las gorditas, desde las simples gorditas de manteca, por desgracia cada vez más escasas en las esquinas, hasta las más elaboradas como pueden ser las de doña Juanita en el mercadito Juárez.

Las que son una verdadera experiencia gastronómica son las pellizcadas de mantequilla de la Pantera Rosa en el mercado de Atemajac, sólo absténganse si tiene problemas para ingerir cinco mil calorías de golpe, sin contar el chesco.

Había otras buenísimas a medias del camino a Santa Ana Tepetitlán, su dueña llamada doña Fili, y a sus asistentes las apodaban las filisteas, y este negocio tenía una particularidad: le sirven la gordita dependiendo del volumen del comensal, así, si usted no puede calificar como gordo le darán una gorda más bien pequeña, si voy yo me darán una como del tamaño de una pizza.

Pues se me acabó el espacio y todavía me faltan las tunas de los acompañantes a la zapopana y de ese regalo de nuestra tierra que son las pitayas. 

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