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La Debacle del PRI ¡y de Beltrones!

Luis Alberto ALCARAZ

Unas cuantas horas bastaron para que al presidente del PRI Nacional Manlio Fabio Beltrones se le borrara esa amplia sonrisa que mostró desde las seis de la tarde del domingo cuando sus asesores le entregaron números que garantizaban triunfos para el PRI en por lo menos 9 de los 12 estados en los que ayer hubo elecciones para gobernador.

Lo mismo pasó, pero a la inversa, con el presidente del PAN Ricardo Anaya Cortés, quien se acostó con tres gubernaturas en la bolsa y amaneció con siete, sumando aquellas en las que el PAN fue en alianza con el PRD.

“Si gobernamos bien ganaremos la presidencia de la república en el 2018”, presumió la mañana del lunes el joven queretano, quien destacó que gracias a los triunfos del domingo su partido gobernará pronto a 40 millones de mexicanos, la tercera parte del país.

 

Nunca antes el PRI había perdido tantas gubernaturas en una sola jornada, nunca antes el PAN se había embolsado tantas. Nunca en su historia el blanquiazul había sido gobierno en tantos estados a la vez como lo será cuanto sus nueve gobernadores electos asuman el poder.

Esto le dará al PAN el aire puro que necesitaba urgentemente para volver al campo de batalla nacional, proyectando una complicada elección de tercios para el 2018 similar a las que tuvimos en el 2012 y en el 2006.

Explicar las derrotas del PRI es muy fácil: sus gobernadores han hecho pésimos gobiernos. Es imposible que el PRI retuviera Veracruz luego de seis años en los que Javier Duarte se ha comportado como un auténtico carnicero, era lógico que el PRI perdiera Tamaulipas cuando ese estado es el peor de los 32 en materia de seguridad pública.

Uno a uno el resultado de cada elección adquiere su lógica: en Quintana Roo el PRI perdió porque se negó a postular al candidato natural, mismo que de inmediato fue postulado por la alianza PAN-PRD para llevarlo a la victoria.

A la inversa también es fácil explicar los fracasos de la oposición en Oaxaca y Sinaloa, estados que el PRI recuperó debido a los pésimos resultados de los gobiernos actuales. Todo en resumen nos arroja un dato contundente: los electores no son pendejos, cada vez son más inteligentes a la hora de premiar o castigar a un partido político.

En esa misma óptica de un electorado colmilludo podemos encuadrar el fenómeno de las encuestas fallidas. Un rápido recuento del portal Aristegui Noticias arroja los enormes yerros que las encuestadoras de El Universal, Excélsior, El Financiero e Ipsos sufrieron al fallar en varios de sus pronósticos. Según este análisis el grueso de las encuestadoras sólo atinó a predecir con efectividad los resultados de Oaxaca, Zacatecas, Hidalgo, Sinaloa y Puebla. En las otras siete entidades fue una auténtica masacre para la mayoría de las encuestadoras que solamente hicieron el ridículo.

El resultado del domingo pasado tendrá fuertes repercusiones en el escenario político nacional de corto plazo, empezando por la figura de Manlio Fabio Beltrones Rivera, quien se puso como meta mínima el triunfo del PRI en nueve estados de la república. Ganar más de eso lo colocaba en los cuernos de la luna, conseguir el objetivo lo refrendaba en el cargo, pero ganar apenas 5 de 12 lo manda a la lona de manera fulminante.

Adiós a los sueños presidenciales del sonorense, quien seguramente ya puso su renuncia sobre el escritorio del presidente Enrique Peña Nieto, quien como los propietarios de equipos de futbol de primera división tendrá claro que el PRI requiere continuidad, pero con un técnico bastante acotado por los mediocres resultados obtenidos.

Después de todo lo que vimos el domingo pasado no es otra cosa que un resultado directo de los pésimos resultados obtenidos por el presente gobierno federal, que no ha tenido la visión ni la fuerza para intervenir en aquellos estados donde sus mediocres gobernadores han dejado de gobernar con apego al derecho.

Ricardo Anaya anda loco de contento presumiendo que “si gobernamos bien ganaremos la presidencia en el 2018”. Pero ahí está el pequeño detalle, “gobernar bien” se dice fácil, pero hacerlo en la práctica es casi imposible.

¿Por qué los políticos una vez enquistados en el poder no gobiernan bien? ¿Por qué una y otra vez el resultado es el mismo sin importar de qué partido provengan? No hay nada más ilustrativo que esta frase, que más que sentencia parece una maldición: “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

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