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Inseguridad: Rumbo al Quinto Informe

Por Octavio GASPAR

 El flagelo de la delincuencia nos golpea cada día más frecuentemente y cada vez más de cerca.

 Ha dejado de ser un fenómeno que sucede “por allá lejos”, “quién sabe dónde”, para invadirnos, implacablemente, en nuestra vida cotidiana, golpeando a nuestros seres más queridos.

 Dentro de mi círculo social inmediato se han dado en los últimos meses una serie de situaciones que me han hecho sentir en carne propia el caos que ha producido en nuestro país la negligente “lucha contra la delincuencia organizada”.

 Primer caso.

A un amigo mío, compañero de trabajo, le robaron su camioneta pick up que dejó estacionada en una calle del mero Centro de Guadalajara. Estuve con él cuando hizo la denuncia.

La policía judicial, al tomar sus datos, le dijo que vehículos como el suyo se los llevaban para quitarles la batería, las llantas o algunas refacciones y luego los dejaban abandonados. Mi amigo estaba optimista cuando terminamos de realizar los trámites legales.

 Pasaron semanas y no recibió noticia alguna de las autoridades. Hace unos días ha visto su pick up circulando por la Calzada Independencia.

 Digo SU camioneta, porque el vehículo circula aún con la pintura original y las MISMAS PLACAS que tenía el día en que se lo robaron.

 Después de seguir algunas pistas simples, nos ha quedado muy claro que los judiciales están coludidos con los ladrones y además, se “expropiaron” el vehículo robado.

 Segundo caso.

A una muy cercana amiga mía la asaltaron junto a su hija cuando iba llegando a su casa.

 Cometió el grave error de mirar el rostro de uno de los asaltantes, quien al darse cuenta de ello la puso de rodillas, cortó cartucho y le puso el arma en la cabeza al tiempo que le decía “te vas a morir”.

 Justo en ese momento se acercó un joven para ver qué sucedía.

Los asaltantes le dispararon causándole la muerte y huyeron.

Mi amiga dijo a los investigadores del caso que los asaltantes la habían identificado ya y que sabían dónde vivía.

 “Pues cámbiese de casa señora”, fue la inteligente y valerosa respuesta de quienes cobran su salario a costa de nuestros impuestos y están quesque para “proteger y servir”.

 Tercer caso.

Estuve hablando con una amiga que vive en el norte del país. La noté un poco distraída y le dije que si estaba ocupada podía comunicarme con ella más tarde, con más calma.

 Me contestó que en realidad estaba en casa sin hacer nada, pero que le costaba mucho trabajo concentrarse y pensar coherentemente, porque era  presa del pánico en esos momentos: tres días antes unos militares detuvieron a su hijo junto con un amigo y reportaron que al hacer revisión de sus pertenencias le habían hallado una dosis de cocaína.

 El muchacho negó enfáticamente que la droga fuera suya. Lo tuvieron incomunicado por varias horas y luego lo dejaron ir.

 Los siguientes días mi amiga estuvo recibiendo llamadas: AAhorita estamos enfrente de tu casa”, “tenemos vigilado a tu chamaco”, “lo vamos a agarrar con kilos de droga y no se la va a acabar…”.

 La presión fue aumentando y mi amiga se ha sentido desesperada, sola, sin saber a quién recurrir.

 Cuando terminé de hablar con ella me quedé con la impresión de que los militares en realidad le habían “sembrado” la droga al muchacho y estaban haciendo presión para atemorizarla y que no denunciara el hecho.

 Puedo llenar varias páginas de otros muchos casos, pero he seleccionado estos tres, por causa de espacio y por otras dos razones:

 1. Han sucedido con gente muy cercana a mí, y

 2. He estado presente cuando sucedieron o he tenido información de primera mano acerca de cada uno.

 Existen comunes denominadores entre ellos: los afectados son ciudadanos honrados, pacíficos sin un solo antecedente penal.

 La sensación que ellos comparten después de los hechos es una profunda desconfianza hacia las autoridades y una negativa a recurrir incluso a Derechos Humanos para denunciar estos abusos (“¿Para qué? -me han dicho-, “probablemente estén también coludidos y se hagan de la vista gorda… ¡si es que no les pasan luego mi información a los policías!”).

 Al contar sus historias he omitido deliberadamente nombres y modificado ligeramente algunos hechos o circunstancias.

 Yo tampoco confío en las supuestas “fuerzas del orden” de mi amado país.

 Por allá, de lejanas tierras, me llega la noticia del poeta Efraín Bartolomé (un amigo no muy cercano, más bien “amigo de una amiga”).

 El miércoles 10 del presente por la noche, Bartolomé había recibido un homenaje en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, con motivo de la presentación de su biografía titulada Los versos y la sangre: vida y obra de Efraín Bartolomé.

 El jueves 11, a las 02:43, hombres fuertemente armados, vestidos de negro y con los rostros cubiertos con pasamontañas irrumpieron violentamente a su domicilio.

 Rompieron las puertas de acceso con un ariete e invadieron su hogar. Lo golpearon en la cabeza, lo encerraron junto con su esposa en el baño, se robaron una USB, una cámara fotográfica y un reloj; vaciaron cajones, rompieron puertas y despedazaron armarios.

 Allanaron el lugar sin proporcionar a los afectados información alguna y salieron de la misma manera.

 Las explicaciones (ridículas, como es costumbre) las dieron después ante los medios la Secretaría de Seguridad Pública Federal, el Procurador del Estado de México y la Procuradurìa General de Justicia del Distrito Federal.

Por ser un hombre muy conocido en el mundo de las letras Don Efraín recibió una respuesta pública de las “autoridades”, pero la inmensa mayoría de ciudadanos violentados de la misma manera, aunque igual de valiosos, han sido tratados como ciudadanos de tercera clase por estos fallidos guardianes del orden (bien dicen los entendidos que la gente ineficiente en lugar de dar resultados, da explicaciones).

El poeta escribió una reseña de estos hechos. La tituló con mucha razón: ¿De verdad estamos tan solos?, pues destaca en el escrito que desde que escuchó los primeros golpes contra su puerta de entrada, estuvo llamando a la policía… y NUNCA atendieron a su llamado.

Comparto, junto con mis amigos cercanos, la sensación de Don Efraín. Los ciudadanos estamos más solos, el crimen mejor organizado y la policía más inepta y el ejército por desorientado, cada vez más prepotente.

¿A quién se le ocurre iniciar una confrontación directa contra el crimen ORGANIZADO con una policía corrupta e ineficiente?

¡Es como bañarse diario y ponerse la misma ropa interior toda la semana!

¡Deveras hay que estar PANdejo…!

 

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