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El Poder y sus Perversidades

Por Juan CABELLO

No en todos los casos se puede observar el índice de perversidad de los políticos en el poder, son normalmente muy cuidadosos para ocultar sus verdaderas intenciones, pero en algunas ocasiones si los miramos con atención, podremos ver parte de lo que realmente son (basta con recordar a Emilio el piadoso cuando bajo los efectos del alcohol mentó madres a diestra y siniestra).

El comportamiento del espécimen político es o pretende ser ejemplar, sobre todo cuando busca acceder al poder; abraza bebés, besa ancianitas, sonrisa permanente para la foto, hacen prácticamente de todo, siempre están cuidando su imagen. La doble cara es requisito indispensable, el doble juego, el revanchismo y la mezquindad son cualidades que pueden hacer la diferencia en la búsqueda de algún cargo.

Aquí la frase: “en política, los amigos son de mentiritas y los enemigos son de adeveras”, adquiere su justa dimensión.

Cuando llegan al poder su condición cambia, no es un cambio deliberado, es un enfoque diferente ante las mismas situaciones, en la jerga popular dicen que se marean; a veces es cierta dicha afirmación, sobre todo cuando son “nuevos “ en las lides políticas, pues la zalamería y la adulación son drogas muy efectivas para hacerlos caer.

 

Entonces el comportamiento habitual de aquellos especímenes deja de ser ejemplar, se vuelven (casi por regla general) prepotentes, déspotas y soberbios, exigen pleitesía como si el mundo les debiera la vida, dejan de saludar, ya no conocen a nadie y asidos fuertemente del cargo que los alimenta y envanece, empiezan como verdaderos líderes de manada a marcar su territorio. Éstos pertenecen a la especie de los mareados.

Los otros, los menos, son los que habiendo cambiado su enfoque y no sucumbieron a los encantos de la adulación, permean su autoridad y la tienden como manto protector para ayudar a sus defendidos, ellos no necesitan marcar territorio, ellos se convierten en adalides casi de manera natural y por ende, su permanencia es prolongada en el ámbito del poder, hasta llegar al estatus de “vacas sagradas”.

Las cualidades personales son de resaltarse, pues son preparados, cultos, atentos, atingentes, entienden de necesidades; en la mayoría de los casos, son emanados de las calles que después frecuentan para realizar su actividad política, son “raza que viene de abajo”. El sentido paternalista que infunden es la clave para generar una imagen de respeto, esto es, aun cuando se siguen comportando igual, la gente ya no los trata igual.

He marcado los extremos dentro de la fauna política (por aquello del Zoon politikon), sin embargo dentro de ellos existe una diversidad inmensa de comportamientos, los que sabedores de sus limitaciones, impiden a toda costa que se les acerque alguien con más conocimientos, los que operan en manada, haciendo grupúsculos para diversificar sus opciones políticas, los que buscan acomodar a sus incondicionales en el cargo que están dejando para “adueñarse de la plaza”, los que se unen participando en logias, los que son déspotas y prepotentes con los de menor jerarquía y lambiscones y arrastrados con los de arriba; lo anterior sólo para mostrar partes del tejido político que muestran comportamientos más concurridos.

Los comportamientos son muchos y diversos, pero la permanencia en el poder genera las mismas afectaciones en todos, después de estar por años en el ejercicio del poder se hacen manifiestos los vicios de los políticos, cual reyezuelos de palacio, buscan insertar en el plano de lo político a sus hijos, hermanos, parientes, concubinas, sin importar la habilidad ni la capacidad que tengan ni los resultados que den; estoy hablando de animales políticos de todos los partidos, sin señalar a nadie en particular y a todos en lo general.

El poder es una droga de múltiples efectos que a largo plazo produce daños irreversibles en los políticos, si bien es cierto que hay políticos perversos (que no todos afortunadamente), también es cierto que todos, sucumben tarde que temprano, ante la perversidad del poder.

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