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Eduación, Política, Futbol y TeleNovelas

Por Octavio GASPAR

Aristóteles (me refiero al estagirita, que sí era inteligente y talentoso, no como otros), tuvo un gran acierto al definir al ser humano como “zoon politikón” o “animal político”. Destacó con ello el hecho de que aparte de ser gregarios como otras especies de mamíferos, la naturaleza nos distinguió dotándonos con la capacidad ‘Sui Géneris’ de formar organizaciones a fin de atender las necesidades que surgieron como resultado del desarrollo de nuestros asentamientos humanos.

De esta manera pudimos hacernos cargo de actividades más específicas de la “polis” que no podríamos solucionar como individuos aislados.

Tareas como la economía, la salud, la educación, el intercambio y distribución de bienes y servicios (vivienda, comercio, y sobre todo la infraestructura necesaria para que éstos llegaran a todos), pudieron completarse puntual y eficientemente eligiendo líderes a cargo de grupos especializados para cada una de dichas tareas.

Los griegos crearon un sistema para que los líderes más capaces y los grupos con mayor experiencia pudieran ser designados por la gente del pueblo para desempeñar estas funciones públicas. Llamaron a este sistema “democracia”.

 

Desde el principio los aguzados griegos se dieron cuenta de que el nuevo sistema funcionaría ÚNICAMENTE en comunidades conformadas por hombres LIBRES y EDUCADOS. Así que iniciaron una fuerte actividad masiva de instrucción política por toda Grecia, entre todos sus ciudadanos.

No es coincidencia, entonces, que los países con mejores democracias en el mundo contemporáneo (Francia, Holanda, Suiza o Finlandia) sean los que tienen a los ciudadanos que mejor conocen sus derechos, los que mejor enterados están en materia política y los que como consecuencia de cumplir cotidianamente con sus responsabilidades ciudadanas, desarrollan un sano equilibrio en el ejercicio de sus derechos y obligaciones. Son los ciudadanos más identificados con sus raíces culturales y los más conscientes de su papel histórico como agentes de cambio social.

Desde entonces también las dictaduras contemporáneas tienen como punto fundamental de su estrategia para mantenerse en el poder, restringir lo más posible el acceso a la educación confiándola a instituciones controladoras de conciencias. Éstas, mediante la culpa y el miedo, se encargan de despojarla de su función social y de atenuarla a través del dogma hasta dejarla reducida a un simple vehículo de propaganda a favor del sistema vigente.

Dentro de ese contexto resulta que los gobernantes y las instituciones son designados por el poder divino y su mandato es permanente e incuestionable. Para darse cuenta de ello no se requieren entonces materias que desarrollen en los educandos ni el análisis ni el pensamiento crítico.

Los ciudadanos que son víctimas de algunas de estas dictaduras, si han nacidos libres y recibieron la suficiente educación política, terminan aprovechando la coyuntura apropiada, se sacuden el yugo que los oprime y terminan finalmente llevando a su país de nuevo a la democracia.

Pero la democracia no funciona, lamentablemente, en lugares donde la gran mayoría de sus ciudadanos nacieron esclavos y siguen con mentalidad de esclavos aún al término de su guerra de independencia y a pesar tener de una Constitución Política que los hace legalmente libres, porque no conocen su Carta Magna ni están enterados de los derechos que ésta les otorga.

Ciudadanos de esta clase NO ejercen la política porque no tienen ni la perspectiva adecuada, ni la preparación requerida para ello.

Unos han sido víctimas históricas de la marginación, del abandono crónico y de brutales represiones en contra de sus comunidades. Suponen que contra la dictadura que los oprime ’’no hay nada que hacer’’ y concentran todos sus esfuerzos en alcanzar su prioridad número uno: simplemente sobrevivir.

Otros se quedaron empantanados en la antigua cultura de dependencia y hacen del gobierno un sustituto de su antiguo amo. No se rebelarán en contra de éste porque les desagrada correr riesgos y no están acostumbrados a contraer responsabilidades. Ellos asumen la posición más cómoda, pues al final de cuentas, si no resultan las cosas bien, ¡siempre tendrán a mano alguien a quien culpar!

Otros más, bombardeados por la propaganda, han perdido su identidad. Buscan sobre todas las cosas parecerse a los de la élite. Desprecian a los de su propia clase y son capaces de lo impensable con tal de estar bajo la mesa de aquéllos para recoger ahí unas pocas migajas de poder.

En estos ambientes la falta de educación se genera de manera espontánea y autosustentable. Gana más un futbolista que un profesor. Obtiene más beneficios económicos un diputado o un narcotraficante que una persona que se ha doctorado en ciencias. Este sistema de ignorancia permite que el presupuesto originalmente destinado a mejorar la calidad y cantidad de los planteles de educación obligatoria, gratuita y laica para cubrir oportunamente las demandas del crecimiento demográfico, sea desviado por los caciques locales para eventos pseudoculturales y elitistas.

Permite también que las plazas de maestros e investigadores se manejen como canonjías para los lacayos del amo, en lugar de que funcionen como cargos generadores de progreso. A fin de cuentas al pueblo no le importa (y a la dictadura le conviene) que haya rezago científico y tecnológico.

El pueblo conoce muy bien las alineaciones los equipos de fut bol, sus puntajes y su posición exacta en la tabla del campeonato mundial, pero no saben a qué Distrito pertenecen, quién es el diputado que supuestamente los representa, ni dónde está ubicada la oficina donde él está obligado a atender a los ciudadanos de su sector. Siguen con más interés los capítulos de una telenovela que las sesiones en el canal del Congreso (sesiones tal vez igual de aburridas, pero de mucha mayor trascendencia).

Las dictaduras de facto son democracias simuladas diseñadas para favorecer a una minoría de explotadores. Ellas han asegurado su permanencia en el poder por tiempo indefinido debido a que el aparato de propaganda a su servicio ha logrado su mayor éxito: Conseguir que la gente ame la televisión y desprecie la política.

Así, las mayorías que no se involucran en los deberes de la ’’polis’’ dejan el espacio libre para que los pocos oportunistas de siempre se sirvan de ella y se den una vida llena de lujos extravagantes financiada por los impuestos de todos los demás, sin dar gran cosa a cambio de ello.

Es triste el destino de un país donde los ciudadanos no saben que el quehacer político es una obligación prioritaria para el funcionamiento eficiente de la comunidad en la que viven, que es un requisito fundamental para el acertado ejercicio de la democracia y un honroso privilegio para los ciudadanos libres y capacitados para ejercerla.

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