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Disertación Sobre las Sirenas

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

Antes de que algún gordo desbozalado comience a hacer sus bromitas acerca de las sirenas de las patrullas, de las ambulancias y de los carros de bomberos o incluir a los casi extintos vendedores de camote, debo decir que este es un tema serio, sí señor, sobre las sirenas que aparecen en algunos textos de literatura clásica. No pretendo haber leído alguno, pero gracias a “San Google” podemos tener una visión rápida y digerida del tema sin que por eso penetremos en mundos tan extraños, al fin, lo que se pretende es una charla dominguera en esta tertulia nuestra.

Pues aunque usted no lo crea, las sirenas, que tienen un nombre en griego que se ve precioso aunque no le entienda, eran unos genios marinos mitad mujer mitad ave —se ignora si eran chachalacas—, a las que cada estudioso les pretende asignar diferentes padres, por lo que yo creo es perfectamente permitido que usted escoja entre los dioses griegos al que más le guste para que ellas desciendan de éste, dejando muy claro que las sirenas, aunque juguetonas, son una realidad en nuestro entorno; si bien quienes las hemos visto en muchas ocasiones lo hemos hecho alentados por ciertos productos que son públicamente condenados (incluso con programas “salvavidas”) y alegremente consumidos en lo privado. Por lo que sostengo que quienes las hemos visto no podemos temer morir.

 

Según las leyendas, sobre todo las más antiguas, las sirenas vivían en una isla del Mediterráneo, probablemente muy cerca de la Isla de Sorrento, y con su música atraían a los navegantes que por ahí pasaban, y a los que caían en sus garras sencillamente se los tragaban, por lo que vegetarianas no eran. No pude averiguar a qué horas ni por qué cambió la imagen de estos seres a la forma en que el rapsoda tamaulipeco cantó: “Con la carade angelito y la cola de pescado”. El hecho es que como siempre, los autores clásicos dieron cada uno su versión; vamos, hasta Disney lo hizo con la más actual.

Muy pocos las han escuchado sin perecer, los argonautas lo hicieron pero a ellos los salvó que con ellos iba Orfeo, que era un cantante tan portentoso que produjo que éstos no hicieran caso a aquellos seres.

El caso más conocido es el de Odiseo, cuando los dioses le permitieron que regresara a Ítaca con Penélope, su esposa, y su hijo Telémaco, a pesar de que Circe le advirtió que por ahí se las encontraría y le sugirió se atara firmemente al mástil y tapara con cera los oídos de su tripulación para que ellos no las escucharan; así sucedió y era tal su entusiasmo que a medio camino le tuvieron que reforzar los mecates que lo amarraban.

Lo que llama la atención es que ese varón ingenioso, una vez que deshizo el chal de su mujer, que abrazó a su hijo y recuperó sus bienes, no se sepa que tratara nunca de volver a escucharlas, a la mejor no era la fregonería que anunciaba Circe.

Así que pocos las han escuchado, pero estoy seguro que muchos solitarios lectores habrán tenido la oportunidad de ver aparecer entre la espuma una sirena, ojalá la sigan recordando con la alegría que ella apareció.

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