Democracia a la Mexicana

Por Alfredo DON OLIVERA

En estos difíciles tiempos de Globalización y enormes avances tecnológicos; cuando la explosión de las ciencias parece estar desbordando al entendimiento humano, convirtiéndolo sin duda en un pensador más analítico, pero de manera paralela parece estarle restando la visión de conjunto y la capacidad de síntesis. En estos difíciles tiempos cuando las panaceas de los capitalismos, los socialismos y las ideologías parecen haber fracasado abandonando a la sociedad a la profunda obscuridad de la confusión del discernimiento, el único bastión que aun parece ofrecernos solidez para asirse, es la Democracia.

La razón es simple, si el camino por el que transitamos es malo y ahora nadie parece saber por dónde avanzar, pues no queda sino compartir conjuntamente las decisiones que conduzcan a la sociedad a la búsqueda de un mejor destino.

En nuestro país parecieron brillar las luces de la Democracia a partir de 1990 cuando la sociedad civil mexicana arrebató al gobierno federal la organización de las elecciones, mediante la creación del Instituto Federal Electoral como un organismo ciudadano no gubernamental. Y aun más en el año 2000 con triunfo del PAN y las posibilidades que auguró entonces aquello que llamamos la alternancia.

 

No obstante, a 16 años de aquello, la democracia mexicana parece haberse malogrado. Y es que del nefasto presidencialismo, en vez de progresar hacia la representación popular a través del Congreso, erráticamente pasamos al funesto partidismo, para rematar recayendo en el peor de los presidencialismos; el que sirve a la oligarquía empresarial que actualmente estamos padeciendo.

Y claro. Lo anterior al margen de que seguimos siendo incapaces de capitalizar los enormes recursos productivos de nuestra nación y las amplísimas posibilidades de nuestro mercado interno (insisto; somos la quinta región más rica del mundo y por nuestro tamaño el sexto mercado internacional). Amén con la imbatibilidad de la corrupción agravada ahora por la manera lamentable en que el narco y la delincuencia han permeado las estructuras del Estado. No en vano, tanto se habla del fallido Estado Mexicano a manos del muy triste reino de la impunidad.

Es urgente en consecuencia revisar qué fue lo que falló; ¿Por qué nuestra nación, nuestro hogar, ha sido hasta ahora incapaz de capitalizar sus enormes posibilidades? Por lo mismo quisiera citar al Rector del CUCSH, el Doctor Héctor Raúl Solís Gadea quien en un análisis a este respecto planteó la siguiente reflexión:

Textualmente señaló el Rector del CUCSH “Jamás tuvimos en cuenta que la democracia no se reduce a elecciones equitativas entre distintos partidos políticos, y que debe acompañarse con virtudes cívicas de los ciudadanos y los gobernantes. Nos olvidamos de implantar eficaces sistemas de fiscalización para evitar que surgieran gobernadores tiránicos, despilfarradores y corruptos, apoyados en las confabulaciones de sus respectivos congresos. Tampoco tuvimos la precaución de evitar la fragmentación de las mayorías parlamentarias y el debilitamiento correspondiente del ejecutivo federal. Por si fuera poco, no dotamos a la estructura del nuevo estado democrático con un servicio civil de carrera que favoreciera una toma de decisiones más racional y eficiente. Además, no le cerramos la llave al flujo de dinero a los partidos en campaña desde los gobiernos, los contratistas y los poderes fácticos” (fin de la cita).

Menciono lo anterior porque la democracia, más que el establecimiento de un conjunto de estructuras jurídicas, implica un proceso de construcción del que debemos estar muy conscientes, porque además factura constantes aprendizajes que deben ser asimilados y capitalizados. Es irresponsable, abandonarla a las crecientes corruptelas de la clase política que nos gobierna, y por lo contrario, requiere de la participación vigilante y consciente de todos los miembros de la sociedad, pero principalmente de la participación del sector de intelectuales.

Sin embargo y a pesar de lo aciago de los tiempos, algunas luces parecen surgir, al menos en el Congreso de nuestro Estado, donde se avizora la aprobación de algunas estructuras jurídicas que sin duda, podrán insertar de manera más activa la participación de la sociedad en el gobierno. Hablo concretamente de las figuras jurídicas de la revocación de mandato y el plebiscito.

La primera de ellas para revocar el cargo que el voto popular confirió a quienes la población considere malos gobernantes, mientras el segundo, que en lo personal me parece el más importante, para obligar a los poderes públicos a someter a la aprobación del voto popular, propuestas específicas sobre cuestiones políticas o legales, lo cual trasladaría la toma de de decisiones del Congreso al seno de la sociedad.

Y claro, no hay que pecar de ingenuos, aun falta ver bajo que característica nuestra astuta clase política aprueba dichas disposiciones. Nada extraño tendría que fueran modeladas para encontrar una más de las justificaciones jurídicas en las que sostienen la ya larga lista de atropellos con los que vienen haciendo de nuestras leyes su botín de enriquecimiento personal.

Que triste, que la principal preocupación de los mexicanos en la construcción de su democracia, en vez de ser la visualización de los horizontes civiles que nos puedan conducir a un Estado de Derecho donde la libertad, la paz y la Justicia sean los bastiones de la igualdad de oportunidades para la búsqueda del progreso, tenga que ser ahora la vigilancia incesante de las cada vez más graves corruptelas de los personajes que al parecer tan equivocadamente y mediante el sufragio hemos llevado al poder.

En fin, no adelantemos vísperas y mejor finquemos esperanzas en que finalmente la aprobación de ambos dictámenes, realmente contribuyan al mejoramiento de nuestra democracia, pero sin olvidarnos que para la construcción de la misma, no basta con erigir la libertad electoral, ni con establecer el diseño de estructuras jurídicas para el funcionamiento de las instituciones. La Democracia no es fácil de alcanzar y exige de ese proceso de modelación, aprendizaje, remodelación y vigilancia permanentes, donde los agentes más dañinos a la misma proceden de la corrupción.

Y la corrupción no solo atañe a nuestra lamentable clase política, está impregnando a todas las estructuras de la sociedad nacional. Y la ignorancia, el desconocimiento y la apatía también son expresiones de ella.

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