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De Santos, Dinero y Política

Por Octavio GASPAR

Aparte de la venta de estampitas, de las fiestas patronales y de los centros de adoración establecidos a partir apariciones milagrosas, el gran negocio de la Iglesia Católica ha sido la producción de santos.

Promover en el Vaticano a un personaje para que sea reconocido a ese nivel cuesta medio millón de euros sin enganche, sin abonos facilitos, ni descuentos.

La Iglesia exige el depósito de dicha cantidad en una sola exhibición a fin de iniciar el largo proceso que consta de cuatro complicadas etapas (siervo de Dios, Venerable, Beato y Santo), las últimas tres subdivididas, cada una de ellas, en cinco sub etapas más. Este proceso de santificación (en realidad un juicio probatorio) no inicia si no hay pago. Punto.

Viéndolo desde esta perspectiva, la manufactura de santos toma un cariz político y se convierte en espada de doble filo.

Por un lado, da lugar a que de una organización poderosa que esté interesada en promover a un individuo como santo, aunque éste no lo sea, tenga todas las posibilidades; como lo logró el Opus Dei con San Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, y como estuvo a punto de conseguirlo la poderosísima Legión de Cristo con Marcial Maciel Degollado.

Por otro lado, tal sistema cierra la posibilidad a las comunidades pobres. Aunque exista un prohombre piadoso, ejemplo de virtud y hacedor de milagros, su proceso no podrá iniciar siquiera si la comunidad que lo promueve no puede hacer el pago estipulado por la santa sede.

Puede entenderse la canonización del señor Angelo Giuseppe Roncalli como santo de la Iglesia Romana, teniendo en cuenta su grande carisma, su amplia y eficiente trayectoria de trabajo dentro de los puestos a los que fue designado por los papas Benedicto XV y Pío XII, su humana labor de rescate de judíos durante la ocupación nazi y, una vez elegido como papa Juan XXIII, su apoyo entusiasta a la ’’Teología de la Liberación’’ (ministerio en apoyo de las clases oprimidas del mundo). Las ideas progresistas contenidas en sus encíclicas (Mater et Magistra y Pacem in Terris) marcaron el papel de la Iglesia en el mundo actual, así como su histórica convocatoria al Concilio Vaticano II, donde presentó una visión pastoral renovada para una Iglesia que entraba ya a la segunda mitad del siglo XX.

Lamentablemente, la proclama de Karol Jósef Wojtyila no convence del todo, ni siquiera dentro de algunos amplios sectores católicos, como señala el Observatorio Eclesial de México. Aunque fue poseedor también de un gran carisma y buscó una mejora de las relaciones entre su iglesia y el judaísmo, el islam, la iglesia ortodoxa oriental y la comunidad anglicana, existen aspectos oscuros del papado de Juan Pablo II que no pueden ocultarse. Para empezar, su proceso de canonización ha sido mucho más breve que cualquier otro, lo que ya ha despertado, de por sí, algunas suspicacias.

Su pontificado fue notable además, por ignorar el liderazgo femenino dentro de su Iglesia y por atacar la libertad de enseñanza, silenciando y excomulgando a más de 500 teólogos liberales, al mismo tiempo que apoyó de manera abierta o tácita a las dictaduras militares caribeñas y latinoamericanas de ultraderecha.

A diferencia de San Juan XXIII, San Juan Pablo II criticó duramente en privado y en público a los sacerdotes partidarios de la Teología de la Liberación desarticulando además, de manera sistemática, sus centros de enseñanza teológica, mientras que apoyaba en lo particular y de manera pública a las instituciones educativas de los Legionarios de Cristo. Dentro de su pontificado ocurrió el mayor número de casos de pederastia en la historia del catolicismo y llegó incluso a proponer a Marcial Maciel ’’como modelo a seguir’’ para los fieles.

Para quienes argumentan que este santo varón todavía no adquiría poderes psíquicos que le permitieran ver las oscuras prácticas sexuales del sociópata sacerdote fundador del Regnum Christi en contra de viudas pudientes, consagradas y niños de su congregación, la llamada ’’paradoja política’’ resulta contundente: como líder supremo de la organización, si no tenía conocimiento de ello, eso es síntoma de ineficiencia. ¿Para qué estaba ahí? Si lamentablemente, tenía conocimiento de los hechos, entonces eso es un signo de corrupción. ¿Para qué estaba ahí?

Queda claro que el carisma, los numerosos viajes con fines publicitarios y aún haber sido víctima de dos atentados, no son los únicos criterios para canonizar a una persona. Estos procesos, al parecer, últimamente han sido realizados al vapor y han estado llenos de irregularidades (por cierto, Juan XXIII ha sido elevado a rango de santo con la documentación de un único milagro, cuando los cánones eclesiásticos para este fin exigen por lo menos dos).

Las canonizaciones ’’express’’ tienen un fuerte olor, si no a azufre, al menos a política. Me hacen recordar la frase del inolvidable periodista Héctor Morquecho Ibarra: ’’La política no es como la pintan… ¡A veces es peor!’’.

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