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Cotidianas: Entonces y Ahora, La Gurmia

Por Margarita HERNANDEZ CONTRERAS

Hoy pienso en mi hermana María Irma, menor que yo por casi un año. Junto con mi madre, Irma es una de las mujeres más trabajadoras que conozco. La vejez comienza a imponérsele a mi madre, pero en sus años de plena madurez productiva, era como es Irma ahora: entregada por completo a la limpieza y pulcritud de su casa.

Mi madre la sigue llamando La Niña (por aquello de que es la menor), mi padre le decía Gurmia o Garrapata porque en las huertas no se le despegaba trabajando detrás de él con su cubetita recogiendo duraznos y pidiéndole que le sacudiera ramas para que cayeran las frutas y poder llenar su cubetita raudísima y veloz.

Para mí, Irma es La Flaca, no porque lo sea —explico— sino porque prácticamente cualquier mujer de talla regular es flaca junto a mí.

En fin.

Pero además de eso La Flaca tiene un alma mágica e infantil que se mantiene viva y luminosa, con cuya imaginación mi hermana transforma la realidad en un lugar de lo más amable, recurso del que yo nunca me he podido jactar. Seguramente siempre me he manifestado más neurótica que ella.

 

Creo que ya lo he mencionado antes: De niñas, a mi hermana le gustaba jugar a las Comadritas, jueguito que, por lo visto, estaba muy por debajo de mi mudez e indolencia emocional. Para compensar la falta de compañera de juegos, mi madre, desde su cocina, la hacía de “comadre” de su Niña.

Mi hermana aprovechaba el nogal afuera de la casa. Se trepaba y en su imaginación las primeras ramas a las que llegaba iban siendo trastocadas por su magia: una era la sala, otra la cocina y allá más arriba estaban los dormitorios (yo me sigo rascando la cabeza).

Cuando La Gurmia (de tal vez ocho años de edad) se cansaba de habitar el nogal y de interactuar con su familia imaginaria, bajaba a visitar a su comadre. Algunas veces llegaba hasta la cocina dizque llorando y exclamando: “Ay, comadre, comadre, su compadre se acaba de ir a Hawai con su secretaria. Deme una copa de wine”. Asombrada, mi madre respondía como mejor podía con una seriedad mal disimulada, que luego era motivo de charlas y risas entre ella y mi papá.

También empieza a vislumbrarse otra imagen más remota: Irma y yo estamos más pequeñas y jugamos con el tío Ezequiel en Guadalajara. Creo que mi tío está queriendo tomar una siesta y mi hermana decide que es enfermera y que el hombre postrado está muy enfermo. Llega a ponerle una inyección y sin que nadie nadie nos demos cuenta, ¡zas! le clava una aguja que despertó del todo al pobre enfermo, quien amablemente siguiendo el juego y me pidió a mí, su esposa, que le pagara a la enfermera.

Así es mi hermana. Ahora mi hermana, ya cincuentona también, vive en California con su marido enfermo, dos de sus tres críos ya casados, uno de los cuales le ha dado dos preciosos nietos. Y mi hermana es tan chambeadora que nunca deja de trabajar: tiene dos actividades que le generan dinero: la principal según entiendo es una especie de centro de jubilación y rehabilitación. Irma es supervisora y responsable de asegurarse de que los ancianos tengan una experiencia humana, digna y agradable en el centro.

Digo que mi hermana mantiene el alma infantil y mágica porque la última vez que Marga (nuestra madre) estuvo aquí, me contó que un día una anciana, Molly como de 90 años, se quejaba de no poder fumar en el comedor y estaba por tener un berrinche. Cuando mi hermana se dio cuenta de la situación, invitó a la anciana a que la acompañara al patio. Se sentó con la viejita y ¡zas! mi hermana saca una caja de cigarros imaginarios, prende uno y empieza a “fumar” diciéndole a la señora que tome uno con confianza, que están muy buenos especialmente ahora que acaban de comer. La viejita sonrió pícara y participó del juego sumamente agradecida.

Con una mujer como mi hermana cerca, ¿quién no?

Margarita Hernández Contreras, guadalajareña, vive en el área de Dallas. Es traductora profesional del inglés al español. Para comentarios: margarita.hernandez@tx.rr.com

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