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Cotidianas: El Secreto de Angeles

Por Margarita HERNANDEZ

DALLAS, TX.— El otro día nos vimos en un café Ángeles y yo. Como un considerable porcentaje de las mujeres, Ángeles sufre también de sobrepeso y problemas de autoestima. Es una mujer treintañera, soltera, con estudios universitarios que vive sola y que en los últimos meses se había propuesto comer más ensaladas y frutas que harinas y grasas.

Generalmente Ángeles es alegre y dicharachera pero ese día del café la encontré ensimismada y triste. Físicamente se le veían las ojeras azuladas, como si hubiera estado enferma. No recuerdo haberla visto antes así, aunque también es cierto que no nos vemos con frecuencia y que si bien somos buenas amigas, nuestra amistad —por una cosa o por la otra— es esporádica y ocasional.

El caso es que en esta ocasión Ángeles me habló por vez primera de su “secreto”. Se le veía como enferma y estaba triste porque la noche anterior, dijo, había tenido una recaída en lo que acaba de reconocer como su adicción. Yo me quedé callada entendiendo que mi papel era más bien dejarla hablar. Le doy la palabra a Ángeles:

“Ayer que llegué del trabajo estaba de mal humor. Todo me molestaba. No sé por qué. Me salían palabrotas a diestra y siniestra, y por cosas que normalmente no me afectan. Me hubieras visto, aventaba todo al piso: teléfono, correo… mi bolsa la aventé contra la pared con una fuerza que me asustó. Así estuve por mucho rato. El acabose fue cuando llamó mi mamá. Ya ves que se acaban de cambiar a Irving. Pues la señora quería que en ese momento yo dejara todo y a la voz de ‘ya’ le fuera a ayudar a mover un sofá porque mi papá todavía anda en Oklahoma. No sabes, traté de controlarme un poco porque, claro, uno no le dice palabrotas a su mamá pero es que me hizo enojar la viejita, me hizo enojar y se dio cuenta, me colgó toda ofendida.

“Viéndome tan mal y que estaba por perder el control de mi rabia, me preparé un té de manzanilla con unas galletitas para tranquilizarme. Tenía una caja de galletas surtidas mexicanas, de La Moderna, que a veces compro por la nostalgia y que venden en Wal-Mart. Me hice el té, me llevé la caja de galletas y me fui a mi cuarto. Prendí la tele, encontré un programa que me gusta, abrí la caja y empecé a comer galletas y a beber mi té. Sin darme cuenta ya llevaba la mitad de la caja familiar. ¡Hazme el favor, la mitad, y te aseguro que en menos de cinco minutos! 

“Había entrado como en una especie de trance, te lo juro. Me dejé embeber por la tele y comí y comí y comí. No podría decirte a qué supieron las galletas, si estaban buenas o no, no disfruté de su sabor. Era yo como una maquinita autómata que masticaba y deglutía por masticar y deglutir. 

“Por primera vez me di cuenta de algo de lo que nunca me había percatado: la pesadez de la comida en mi estómago. Sentí nítidamente cómo el bolo alimenticio me anclaba al suelo. Todos mis sentidos y mi conciencia se concentraron en esa agradable sensación de pesadez y letargo. Como por obra de magia desaparecieron mi malhumor, mi enojo con mi madre, mi intranquilidad. Cerré los ojos y recargué la cabeza en el sillón. Sentí hasta un leve mareo y un sueño delicioso. Se borró todo: mi miedo de quedarme sola, de ser una mala persona por mis ratos de intolerancia, de mi madre exigente y a veces injusta, de la deuda de crédito… todo se desdibujó y quedé yo allí, pesada y somnolienta, anclada y tranquila, como en un sopor. Estaba por dejar que me venciera el sueño cuando se me vino a la mente un pensamiento que me sacudió hasta lo más hondo: ‘Seguro así es el placer, el olvido que se siente cuando uno se droga…’.

“Al pensar eso me levanté y me puse a sollozar incontrolable y tristemente. Vi perfectamente que había recurrido a las galletas como el drogadicto a la cocaína, el alcohólico al vodka o al tequila: para sedarme y no sentir, para quitarle el filo a mis sentimientos dolorosos y hasta peligrosos. Eso fueron las galletas para mí”.

En ese momento comenzaron a rodarle las lágrimas (y a mí también). “Por primera vez —continuó Ángeles— me di cuenta de lo que en gran medida la comida representa para mí. Es un recurso y un escape… es, literalmente, un sedante”.

Sin tener nada inteligente que decirle y ella todavía apesadumbrada por su descubrimiento, nos quedamos en silencio tomando sorbitos de café sin atrevernos ninguna de las dos a tocar la rebanada de pastel que habíamos comprado para compartirla entre nosotras. Vimos cómo en el centro de la mesita de La Madeleine el trozo de pastel de chocolate adquiría portentosas dimensiones porque, efectivamente, su dulzura poco tiene que ver con su contenido de azúcar.

Saber eso hizo que Ángeles y yo nos asomáramos a un abismo que tal vez compartamos un buen número de mujeres: el de nuestra soledad, nuestra inseguridad, nuestro miedo y nuestras necesidades de mujeres insatisfechas.

“Me di cuenta de lo que en gran medida la comida representa para mí. Es un recurso y un escape… es un sedante”.

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