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Cosas Veredes Mio Cid: Se Soltó la Cócona

Roberto MONTES VAZQUEZ 

Rentaba un modesto cuarto amueblado por el precio y, porque le podía ver los calzones a la dueña de la casa cuando subía a la azotea a colgar ropa.

Era una gordita cincuentona que lo trataba bien y le decía estrafalario cuando creía que no lo escuchaba.

Nunca se casó porque nunca tuvo tiempo para andar con la flota o no lo aceptaban por su facha.

El se pasó todo el tiempo de la prepa y de la facultad, cavilando cosas de fondo que decía, eran de gran interés para la humanidad.

Trabajó en el archivo de la Secretaría de Gobernación, porque ahí trabajaba su madre y jubilado por la edad, cobraba una pensión del ISSSTE, que le alcanzaba para vivir solo en su mundo.

Ya tenía tiempo preocupado por los sonidos, seguía descuidando la facha y ahora se dejaba el  pelo largo, decía que porque este la bajaban las vibraciones del cerebro y podía clasificar los ecos con más fidelidad.

Desde joven, decía la palomilla, escuchaba ruidos en la azotea y, el confirmaba sentir huecos en donde caían objetos que producían retumbos de piedras.

En otras ocasiones los chillidos eran estridentes hasta que quedaron en el sonido que produce una pistola disparada, que desde entonces  quedó permanente.

Los murmullos también eran constantes y palmarios, los producían multitudes irreales, como rezos o lamentos que cambiaban de intensidad.

Por eso buscaba las aglomeraciones y ya era conocido por su aspecto tan extravagante en manifestaciones, marchas de protesta, mítines de reproche, festejos en el ángel y acarreos de apoyo político con torta y apoyo económico de tostón y hasta de a cien, dependiendo del candidato.

También en peregrinaciones a la villa, a San Judas Tadeo, a Chalma y hasta de extra de cine y televisión, en filmaciones de muchedumbres.

El se sentía arropado en las multitudes y trataba de clasificar los sonidos que producían. Esto le acarreaba la burla de sus cofrades en las bullas, porque ya eran acreditados y hasta agendas tenían de los eventos en que se agregarían. Pero al menos no lo molestaban tanto con sus estudios de los ruidos que sentía en la cabeza.

El comentaba que había sido la noche de Tlatelolco, la primera vez que oyó las “coconas”  en todo su apogeo. Les decían así a esas armas de repetición, porque el ritmo acompasado de sus disparos semejaba al graznar de las coconas o guajolotas, como les dicen en el norte.

Esa noche con otros sonidos de armas de muy distintos y gruesos calibres, fueron  disparadas en contra de los manifestantes que los habían invitado y no quería guardar los sonidos de las quejas y lamentos por las heridas  y la muerte que llegaba en cada rincón, en cada valla de arbusto, que servía como trinchera.

Días después se juntaron a comentar lo que le había pasado por andar de gorritas cafés, pero no fue el oidor, supusieron que estaría enfermo de sus sonidos, y se encaminaron a su cuarto rentado a verlo.

 Lo encontraron tirado en la estrecha zotehuela, intermedia de la escalera para subir a la azotea de la vecindad, con los ojos desorbitados y diciendo una serie de frases sin sentido, tirado en el piso con los pelos canosos en desorden y casi desnudo del torso.

Decía el oidor que las coconas iban a ser en delante las armas de destrucción y muerte más usadas por policías y delincuentes y, que llegaría el día en que las tomarían como cosa habitual, sin pensar en su poder de muerte con su ruido acompasado.

Lo dejaron ahí con sus atormentadas conclusiones intuyendo angustiado  que las coconas serían las metralletas y cuernos de chivo que el adivinó por sus sonidos de muerte y  que en toda la televisión las repetirían como una atracción más de lo decadente de las noticias  de la época en que la violencia se hizo circo, elogiándolas por su eficacia. Todos los días fueron ascendiendo de uso de funcionarios menores a  muertes especulares de políticos, delincuentes e inocente y, se daba cuenta de calibres y estragos que producían.

 Los ruidos tenían ahora imágenes.

Habría medios que más que textos publicarían fotos espeluznantes de cadáveres masacrados, rictus de dolor de los parientes de los ejecutados, catálogo de sangre,  dolor y asco.

Sus amigos montoneros  y hediondos, se retiraron con las bromas en entre ellos y picándose el trasero cuando estaban de modo, para ponerle mas chiste al momento.

A uno de ellos se le ocurrió la puntada de que el oidor se hacía más el loco para verle los calzones a la cocona, pues así le decían a la patrona  de la vecindad porque se dejaba las uñas de los pies muy largas y cunado se descalaba para subir a la azotea, sus pies al chocar con el mosaico, semejaban una cocona suelta asustada en piso de baldosa. 

 

Se imaginaban en su lujuriosa mente, al oidor masturbándose, con los ojos en blanco de huevo cocido. Conjeturando a contra sol a la cocona en sus afanes.

 

¿Quién sabe que más escucharía?

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