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Copia al Carbón

Por Octavio GASPAR

 Recuerdo una pelea fuera de serie que tuvo lugar cuando yo era niño.

El gran campeón de pesos pesados Cassius Clay (conocido como Muhammad Ali) se enfrentó al campeón de lucha libre Antonio Inoki, en Japón, el 26 de junio de 1976.

 A pesar que el boleto valía mil dólares (de los de aquellos tiempos), doce mil personas se reunieron para ver la contienda que rompió récord en número de espectadores, pues fue transmitida además a nivel mundial. 

Todos querían ver, intrigados, quién vencería en un enfrentamiento de campeones de distintas disciplinas. Los comentaristas se preguntaban una y otra vez antes del encuentro cuál disciplina “sería mejor”; si el boxeo o la lucha. En una rueda de prensa previa a la pelea se establecieron las reglas.

 El campeón de lucha libre no podría aplicar llaves, arrojarse desde los postes de las cuerdas ni lanzar patadas voladoras a su contrincante mientras éste permaneciera de pie.

 El campeón de boxeo podría abrazar o golpear a su oponente (se le prohibió lanzarle sus conocidos y letales ‘jabs’ a menos que su oponente estuviera tirado en la lona) y tendría que usar guantes, mientras que al luchador se le permitió lidiar como se acostumbra, con las manos libres. El ánimo del público decayó cuando se dieron a conocer las reglas, pero los boletos ya estaban vendidos y los contratos de transmisión habían sido ya firmados.

Al efectuarse el combate, la estrategia de Inoki fue tirarse al piso y tratar de derribar a Alí aplicando unas “tijeras” o pateándole las piernas.

El boxeador, que estuvo a punto de ser derribado en el primer round, tomó prudente distancia durante los siguientes rounds (un total de doce).  

Muhammad Alí no tuvo oportunidad alguna de tirar golpes, pues se concentró en esquivar los ataques del luchador tirado en la lona. La pelea resultó aburrida.

 Se declaró a final un empate, que resultó una medida equitativa al menos a nivel comercial, pues una disciplina no demeritó a la otra. No obstante el auditorio se retiró al final con una sensación de desencanto: de haber perdido su tiempo y su dinero en un espectáculo muy diferente al que se esperaba, debido a las absurdas reglas. 

Esta reminiscencia vino de manera inevitable a mi mente el domingo pasado, a las ocho de la noche.

 Tal vez me asaltó por primera vez cuando ví a la edecán que eligió el IFE para el debate político, muy parecida a las chicas que se pasean por el cuadrilátero con un cartelito indicando el número de round que está por iniciar.

Por simple reflejo esperé a escuchar el anuncio de alguna marca de cerveza (“¡por los que no estaban muertos; andaban de parranda…!” o algo por el estilo) pero luego recordé que se trataba de otra cosa: un intento de extender la cultura democrática a nivel nacional. Muy probablemente fue una estrategia comercial: lo único bueno que el auditorio pudiera recordar de una pelea mala, donde no hubo ganadores, debido a las absurdas reglas impuestas por los organizadores del encuentro. 

Muchos temas, poco tiempo. Abundantes ataques, pocas propuestas.

Presentación de supuestas pruebas manejadas con tanta superficialidad, que nos hacen pensar en los dichos populares: “De lengua, ¡me como un plato!” y “sigan diciendo, que al cabo la lengua no tiene hueso”.

 De Peña Nieto, el Cassius Clay de la batalla, se dice con razón que compartió el empate porque no se dejó que lo tiraran a la lona.

Pero cuando lo pisaban de la cola, no pudo tirar jabs muy efectivos, que digamos. 

De San Gabriel Quadri, el inmaculado ciudadano que no es de la misma ralea que los políticos, se dice que fue el que ganó, sino el debate, al menos un diploma de oratoria. Aunque el auditorio tiene la inconsciente certeza de que está puesto ahí por una política de la peor ralea, que en el momento oportuno le indicará a favor de quién habrá que abdicar, a partir de los momios cosechados para el PANAL.

 Vázquez Mota y Peña Nieto perdieron por igual puntos por emplear argumentos muy gastados en sexenios anteriores. Alguno de sus asesores debería decirle a Josefina que mentir sobre ser “presidente del trabajo” es mejor que prometer seguridad a los ciudadanos. ¡Menciónenle que 60 mil familias afectadas (más un estado que aún sigue indignado por las guarderías ABC) acudirán a las urnas!

Prometer SEGURIDAD en esta época, con tantos asesinatos IMPUNES de periodistas, es un verdadero desatino. Alguien del equipo de Enrique haría bien en señalarle que el grueso de votantes que acuden efectivamente a depositar su voto son mayores de 50 años.

¡Ellos recuerdan perfectamente que las frases de Díaz Ordaz, de Salinas de Gortari, de Zedillo, cuando fueron candidatos, son exactamente las mismas que él estuvo utilizando como relucientes argumentos en este debate! 

Lamentablemente los asesores NO son ciudadanos. Padecen “ceguera de taller” porque pertenecen también a la clase política. López Obrador dijo lo que tenía que decir, congruente con lo que ha estado sosteniendo en una gira por todos los estados de la república desde hace seis años.

Los “QUÉS” han quedado claros, plasmados en su Proyecto de Nación y otros documentos; pero a muchos de nosotros nos hubiera gustado que hubiera ido más allá y escucharlo extenderse con detalle acerca de los “CÓMOS”. 

Un aspecto positivo del debate: nos permite refrescar la memoria de 71 años de dictadura y represión y de doce años de un fallido “gobierno del cambio” que fue para empeorar.

Nos da la certeza de que “Josefina diferente” y “el nuevo PRI” de un Enrique con los mismos viejos discursos, nos traerán muy probablemente otros seis años con los mismos resultados de los que el pueblo ya está realmente harto. 

Cassius Clay y Antonio Inoki empataron la pelea, perdieron ante sus seguidores e hicieron ganar muchos millones a los organizadores del evento.

Julia Orayén gana el debate, los candidatos empatan y nuevamente, perdimos nosotros, los votantes.  

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