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Congreso, Jalisco Perdió Valores

Por Juan CABELLO

En Jalisco ya tenemos fama de aventados, de machos. Se dice que Jalisco nunca pierde y cuando pierde, arrebata, sí señor. Todo lo anterior tiene su origen a principios del siglo pasado: eran los tiempos de la revolución, eran las luchas por alcanzar los ideales revolucionarios plantados como semillas en los fértiles cerebros de los jóvenes, por personajes que para los jóvenes de hoy son sólo nombres de calles (Ricardo Flores Magón, Práxedis Guerrero, Aquiles y Carmen Serdán, etcétera), personas que dieron su vida por un ideal, un México sin esclavos, un país sin opresores, una nación con cultura y educación para todos, un lugar en el que todos fuéramos iguales.

La fuerza de las ideas radica en la solidez de los principios, la entereza y la hombría eran cosa seria, el valor de la palabra era sagrado, quien faltaba a su palabra afectaba y avergonzaba a toda su familia, pues la palabra en esos entonces era cuestión de honor.

A fines del siglo pasado fuimos alcanzados por la modernidad, la globalización y un cúmulo de accesorios que, como todo, aportó cosas buenas y malas a nuestro devenir cotidiano, eran apenas pequeños destellos de lo que el siglo XXI nos aportaría.

En México nos tocó vivir la transición democrática del poder y hoy seguimos sufriendo las consecuencias de tan emblemática situación, padecemos las aberraciones de un gobierno etilizado y sin rumbo, mientras, la astróloga Kala sentenciaba hace rato ya que estábamos viviendo la época de los absurdos.

En Jalisco, en pleno siglo XXI, ya nos ganamos en buena lid otro mote; ya somos aguantadores, además de aventados, machos y arrebatadores, usted juzgue: en aras de la democracia, hemos aguantado que nos miente la madre el gobernador, en cinemascope y en cadena nacional; también hemos aguantado las declaraciones y medidas absurdas de funcionarios moralistas que prohibían el uso de minifaldas, pues atentaban contra sus lascivos y pervertidos comportamientos, incitándolos a los bajos placeres (por aquello de que están debajo de la cintura), tenemos unos arcos del milenio (que eran seis pero me quedaron cuatro) inconclusos por el descomunal incremento en el costo de su elaboración, hemos soportado estoicamente declaraciones y puntadas de funcionarios y clérigos, hemos aguantado hasta un transporte colectivo que estranguló una de las arterias viales más importantes de Guadalajara.

La razón que motiva todos los comportamientos y acciones mencionados líneas arriba tiene un común denominador: la pérdida de valores.

Nuestros gobernantes han cometido graves equivocaciones motivados por una ausencia de carga moral y una megalomanía que alimenta una enfermiza ambición por alcanzar anhelos personalísimos sin importar lo que de ellos se piense, es de tal magnitud la sin razón de sus hechos y su avaricia que ya ni se preocupan por cubrir las cloacas que destapan para cometer sus fechorías.

Somos  testigos de que lo frágil y lento del trabajo legislativo tiene consecuencias lamentables y motiva, siempre dentro de la “legalidad”, aumentos ofensivos en los salarios de los consejeros electorales, en los de por sí nada despreciables emolumentos de los magistrados que insisten en un salario vitalicio con una temible desfachatez y un cinismo que no existía en los hombres de antes.

En el paroxismo de lo absurdo tenemos a un auditor “superior” (por aquello de los millones que gana por concepto de vacaciones), que aún confeso de haber dispuesto dinero público en cuentas personales y de su queridísimo suegro (no puedo imaginar otro afecto para tales depósitos), resultó exonerado por unos diputados que, alimentados por un pánico escénico y al más puro estilo pilatesco se lavaron las manos y dejaron en su silla a tan singular personaje.

Eso, en mi rancho, se llama “jiribilla”, pues resulta evidente (al menos para mí), que no quieren pisar a uno, porque éste tiene agarrados de los “tobillos” a grandes personajes políticos (que delinquieron) de la pasada administración y de la actual, lo que justifica el miedo de los representantes populares de la sociedad, porque, o una de dos, o les dieron línea en sus respectivos partidos, o tienen cola que les pisen.

De lo anterior se puede deducir que, hace tiempo ya, los valores en Jalisco son letra muerta. El valor de la palabra se lo llevó el viento y hoy reina el cinismo y la desvergüenza.

La honestidad, la honorabilidad, la hombría, la entereza y la verdad, son fantasmas que pasaron y que nunca volverán.

En el Congreso del Estado, los diputados, todos, han dejado un hueco político; por las razones que fueren, dejaron a un tipo deshonrado por sus acciones y desprestigiado en su calidad de cuidador de las cuentas públicas, en un lugar en el que es considerado, por sus hechos, y solamente por eso, una persona non grata.

Atención señores diputados, que en política, los huecos que no son debidamente atendidos por quien debe, son inmediatamente llenados por otro u otros. La sociedad ya despertó y no se chupa el dedo, tengan la plena seguridad que inscribieron una factura que van a pagar muy cara y muy pronto.

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