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Hasta Entre los Políticos hay Diferencias

Por Juan CABELLO

En lo alto de una barda del manicomio, un loco veía hacia la calle cuando a un carro que transitaba por ahí se le salió la llanta. El conductor, obligado, detuvo su marcha. Verificó que había perdido todos los birlos de la llanta que se salió y sólo atinaba a rascarse la cabeza en busca de solución cuando el loco le gritó desde la barda: “quítale un birlo a cada una de las llantas y se los pones a la que se te salió”. El conductor, sonriente, le dijo: “mira que no estás tan mal”, a lo que el loco contestó: “yo estoy aquí por loco, no por tarugo”.

Viene a colación porque en los últimos años he sido testigo de terribles aberraciones perpetradas por políticos de todos los partidos y en todos los niveles. Perversidades que van desde la megalomanía hasta la incapacidad bruta o pura. Para que no se oiga tan feo, pasando desde la  cándida imprudencia, hasta la tortuosa pasividad de quienes nadan de muertito y basan su estrategia (para avanzar políticamente hablando) en la inmovilidad absoluta.

Toda esa fauna (especímenes en observación continua) pertenece a una generación de políticos híbridos, que vieron cristalizadas sus primeras incursiones en la política, los unos quedando a la deriva cuando perdieron el poder y la cabeza que los guiaba, los otros porque surgen a la nueva política en completo estado de indefensión y en ambos casos, como es de esperarse, cometen los errores más elementales, caen en donde nunca debieron hacerlo. Son, en pocas palabras, políticos ignorantes (si se les puede llamar así), que a fuerza de golpes constantes y sonantes han ido aprendiendo el oficio de gobernar.

Curiosamente y como en todos los hogares pasa con los hijos (pero no trasciende), los neopolíticos aprenden primero lo malo y cuando es tiempo de aprender lo bueno, ya están cansados. Ésa es la razón por la cual, de manera generalizada, la nueva clase política miente, se hace mañosa, es tenebrosa, prefiere golpear por la espalda, nunca se enfrenta a los hechos, es porque no saben hacer las cosas.

Los políticos de antes (dinosaurios), eran en términos generales políticos preparados y con un acervo cultural impresionante, conocían los recovecos de la función pública y de la política, ser político o dedicarse a la política (insisto, en todos los partidos), era cosa de hombres, pues significaba sacrificio personal, tiempo completo, presión al máximo y una impresionante capacidad de improvisación, siempre sobre la marcha.

Claro que había políticos como los neopolíticos de hoy, pero eran los menos, el único alimento de los políticos aquéllos era la lucha de las ideas, hacían del debate y la discusión los elementos fundamentales de la formación política; estudiaban los principios de su partido y los asimilaban para luego hacerlos valer en la diatriba cotidiana.

Los políticos de antes, tenían o tienen algo que definitivamente no existe en los neopolíticos: es una combinación de varios factores, de los cuales para abreviar denominaré como “sentido social”, gracias al cual los políticos de antaño podían identificar perfectamente lo que lastimaba a la población, lo que afectaba a sus gobernados, lo que, por consecuencia lógica, los hacia bienaventurados. La mentira no entraba en su trabajo, la honestidad era, invariablemente, conducta normal a ultranza, los valores eran protegidos y respetados por todos.

Los políticos de hoy basan su estrategia en el engaño, la simulación, la incapacidad es una constante, la corrupción, como plaga, todo lo contagia, el amiguismo, la transa, la prepotencia, el nepotismo son vistos como algo de lo más normal. Hoy se preocupan más por mentir a sus gobernados, vistiendo piel de oveja y ensalzar aquello que ni siquiera conocen para poder seguir brincando en las posiciones políticas en las que, por supuesto, su desempeño deja mucho que desear.

Lo que otrora eran casos de excepción, hoy son, lamentablemente, constantes que reinan en medio de la desvergüenza y la impunidad.

¿Y uno?, pues aquí en la barda, viendo para allá y gritándoles lo que tienen que hacer.

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