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Claroscuros del Nobel

Por Luis RICO CHAVEZ

Con el título de la presente nota no vaya a creerse que voy referir las turbias sospechas que asaltan a los suspicaces envidiosos cuando se revela el nombre del ganador de premio de tan innegable prosapia. Nada más voy a sintetizar mis impresiones de lectura de la obra del flamante galardonado en Literatura.

Confieso que las novelas (y en ocasiones los ensayos) de Mario Vargas Llosa las visito con relativa frecuencia, la mayor parte de las veces con agrado. Sin embargo, ciertos detalles me hacen dejar en los anaqueles algún libro suyo cuando ya me dirijo a la caja de la librería porque de última hora me digo: “Será la misma gata”. Y no me equivoco.

Todavía recuerdo el pleito que sostuve con Héctor Morquecho porque, luego de hablarle entusiasmado de La tía Julia y el escribidor se atrevió a pedírmela prestada, y a los pocos días,

de vuelta, me la regresó toda grafiteada. Ante mi rostro de contrariedad (por usar un eufemismo) se disculpó: “Es que si no rayo los libros siento que no los leí”. Aunque no fueran suyos, claro.

De la novela me agradaron, entre otras cosas, la imaginación desbordante, el humor y el ingenio para entrelazar historias en un universo homogéneo y a la vez caótico. La organización textual, sin ningún rebuscamiento en el entramado de la anécdota, resultaba muy eficaz para contar, por una parte, la truculencia del idilio de la tía Julia con el narrador, y por otra, el resultado de los delirios imaginativos de un escribidor mediocre, insignificante, que adquiría sin embargo proporciones descomunales ante el portento de los intrincados culebrones (radionovelas) que desbordaba su prolífica labor creativa. Los capítulos nones para el primer hilo narrativo, los pares para el segundo.

Me convenció. Comencé a buscar otros títulos. El elogio de la madrastra, La fiesta del chivo, Primavera en la próxima esquina, y hasta El pez en el agua (sus memorias de campaña) repetían el mismo guión: capítulos nones, capítulos pares. Pues sí, a pesar de lo que digan sus fanáticos incondicionales: qué falta de creatividad. Lo peor es que, en el mejor estilo bestselleresco, aplicó la regla de que si pegó una vez, pegará dos veces. A pesar del adagio que dice que nunca segundas partes fueron buenas. Y vienen Los cuadernos de don Rigoberto, caricatura del Elogio, con un pésimo final. Y en otro lugar (no me pregunten cuál) vuelvo a leer capítulos del Pez. Pecador de mí. Qué quieren, la magia de la mercadotecnia. El refrito hace rico al autor, al agente y al editor.

Por eso, a veces tras leer una obra de Vargas Llosa luego se tiene la impresión de que ya conoce uno sus obras completas, y sin necesidad de recetarse los mamotretos que se estilan en esta época de incultura lectora (todos los adolescentes piden libros de pocas páginas y con monitos). Esta es una de las razones de que aún no me decida a acercarme a La ciudad y los perros o Pantaleón y las visitadoras, que por ser de las primeras deben ser más imaginativas.

Ah, porque eso sí, aunque se asombren quienes conozcan las turbias cavernas de la redacción de El Occidental y oficinas adyacentes, en una biblioteca perdida tras la fachada de mentiras de tan insigne diario, me encontré La guerra del fin del mundo, otro de sus incontables mamotretos y que sin embargo se lee no sólo con agrado, sino con una enorme dosis de fascinación. Claro, este peruano-español se merece el Nobel. Ésta es una de las razones por la que, como dije antes, lo visito con asiduidad.

Como lector (a pesar de lo que diga mi entrañable amigo Miguel Ángel de León, uno de los lectores que más admiro, junto con Rogelio Rodríguez) le estoy profundamente agradecido. Pese a su ideología derechista, me ha permitido descubrir incontables sinsabores y etapas oscuras de la turbulenta historia de América Latina. Como lector, también, lo respeto, por su capacidad de análisis y la agudeza para desentrañar la habilidad y la genialidad de otros autores y, sobre todo, la transparencia con que muestra a otros lectores aspectos tan complejos de la creación artística (literaria, en este caso).

Quede constancia, entonces, de los contrastes de la obra de este prolífico autor, porque desde hace unos días y hasta donde alcance el fasto por la fiesta del Nobel, no se escuchará más que el elogio de Marito, y aun sus obvias aberraciones ideológicas quedarán sepultadas en el mar de los aplausos irracionales del fanatismo literario.

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