Bodas Musicales

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

 No cabe duda que a lo bueno uno se acostumbra rápido, la semana pasada les conté del “Rancho San Bernardo”, van a decir, como dicen los muchachos, que quedé traumado y puede que sí sea cierto, porque un viaje tan agradable provoca ganas de viajar hasta a mí, que me encanta Guadalajara, con todo y perforaciones.

 Mis adorados mandos superiores me convencieron para ir a San Juan del Río a una boda, lo que no falla porque a donde vayas hay bodas, y según estudios realizados por la Asociación de observadores de los seres terrestres (AIJALE por sus siglas en afgano) ha hecho estudios muy profundos acerca de las bodas y ha llegado a conclusiones verdaderamente asombrosas, por ejemplo 67.2% de los asistentes a una boda, no saben si son invitados de la novia o del novio; los novios desconocen quiénes son 92% de los invitados, 59% de sujetos que se embriagan en las bodas no eran invitados y 47% de estos gorrones repitió la melopea antes de tres semanas.

 Respecto de la ruta a seguir di mi opinión, y mis hijos me dijeron que estaba mal, que había una página de la Secretaría de Comunicaciones en la que le decías sitio de salida y de llegada y te proporcionaba el mejor y más corto camino, yo les dije que yo al Gobierno no le creo nada de nada, pero se hizo lo que ellos dijeron, que al fin lo mío es callar y obedecer. El camino nos llevó por caminos que sólo los caminos del Señor son más ignotos.

 Bellos paisajes que si no hubiéramos tenido que cruzar un cerro y una cordillera que no tenían carretera, hubiera estado mucho más rápido, me gusta el campo, pero nueve horas y media son muchas, tomando en cuenta que por donde yo decía que usamos para devolvernos eran cuatro horas y media.

 Al llegar al hotel Hacienda de la Venta, preguntamos por la boda que se celebraría al día siguiente, nos dieron todos los datos y antes de registrarnos nos dieron nombres de parientes que asistirían y conocimos algunos en el bar, lo que serviría para en la fiesta tratarnos como antiguos conocidos.

 Ahí vino una gran desilusión en relación con el hospedaje de la semana anterior, en la cual reitero la atención fue inmejorable, en esta vez la reservación no fue respetada como fue hecha, pero aún así la gorra valía la pena y hay que decirlo, el hotel está muy bonito, lástima de atención y las sábanas y toallas estaban muy lejos de las del rancho mencionado, pero tal vez eso es lo hace único.

 Por la mañana ya habíamos saludado por separado a los novios en varios encuentros, y ambos ya estaban convencidos de que éramos familia. A la boda religiosa no fui porque no me gusta abusar, y o voy a la ceremonia religiosa o a la fiesta, de otro modo se me hace muy cargado.

 Debo decir que desde antes que llegaran los novios ya estábamos en la percha, y a los primeros gorrones que fueron llegando los sentamos en la mesa, así les preguntábamos de quién eran invitados y si sabían les decíamos que éramos invitados del otro.

 Para empezar, un grupo folclórico que cantó canciones antiguas, advierto que yo siempre que llego a una gorreada pregunto dónde estará la música, para sentarme lo más lejos posible de los filarmónicos, y más cuando con su estridencia no dejan platicar, pero este grupo, además de dejar charlar, nos recordó muchas canciones que ya habíamos olvidado, desgraciadamente nada más estuvieron las primeras tres horas, pero pudimos disfrutar en paz la comida que estuvo bastante buena y regada con ricos caldos, por lo que la comida y el inicio del proceso digestivo tuvieron un buen proceso.

 Después, cuando ya se había terminado el tintorro y el personal empezaba a arrastrar la voz y hacer declaraciones de amor eterno, llegó un grupo de esos que se llaman versátil y se debió haber llamado los hijos de Satán o los gatos capones, tocaban feo pero muy fuerte, la mayoría de los ahí presentes, ya medio chachalacos, se lanzaron a mover el esqueleto, la mayor parte de ellos hay que decirlo con muy poca gracia, pero mirando a los pocos que sabían lo que estaban haciendo y las jovencitas que aunque no sepan bailar se ven muy bien.

  El ruidajo duró como tres horas.

Con eso pensé se terminaría la boda, pero no, un afanado por su cuenta llevó un mariachi, el que llegó bajo los bellos acordes del Son de la Negra, el que pagaba, que para esas horas ya traía un cuete de sexto grado en la escala de Richards, me dijo que había traído el conjunto porque le gustaba escuchar sones abajeños, con lo que no contó es que los que estaban en perfecta inconsciencia etílica, si es que hay perfección en ella, secuestraron a los filarmónicos y empezaron a pedir boleros para ardidos y sin ningún orden ni concierto, bramaron como si supieran y al rato ya estaban ocho borrachos cantando canciones diferentes sin que se supiera cuál cantaban. La demencia total llegó cuando los mariachis tocaron la gustada y horrenda canción denominada el Mariachi Loco.

 El que llevó al conjunto sintió que si no le tocaban él no pagaba, y se fue, con lo que la Policía se llevó al bote a los borrachos.

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