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Ayer Decíamos: Calificaciones Bursátiles

Por Carlos ENRIGUE ZULOAGA

 No sé usted, pero yo he dado gracias al Altísimo de que leo los diarios por la mañana: yo creo que, si los leyera de noche, simplemente no podría dormir. Simplemente leer que S&P disminuyó la calificación de deuda norteamericana es terrible, aunque yo no sepa qué demonios es S&P; traté de poner el nombre completo de esta empresa, pero la computadora insistía en castellanizar el nombre y ella ganó, así que, para no verme tan naco, lo pongo en iniciales, pues se supone que, después de leer esa noticia, queda uno en estado catatónico, aunque no sé por qué, porque no entramos entre los sujetos que pueden verse afectados, aunque el susto ni quién nos lo quite.

Alguna vez leí algo sobre la aldea global y creo que trataba de que, con las comunicaciones, vivimos angustiados por cuestiones que nos son ajenas, y así terminamos destanteados por la carestía de las chirimoyas en Soweto o por los problemas agrícolas de Zambombia, aunque no sepamos cómo se llama la familia que vive justo frente a nuestra casa.

Volviendo a las calificaciones bursátiles, los expertos terminan por destantearnos más. Algunos opinan que esto es lo más cercano a la hecatombe mundial, con lo que nuestros ahorros en dólar se harán polvo (digo, los que tienen, porque los que no tenemos ya estamos pulverizados desde antes); otros querrán cubrirse comprando oro y sale uno disparado a comprarlo, dándose cuenta de que es de las muy pocas cosas que no venden en la Farmacia Guadalajara y además de que, aunque vendieran, se necesita dinero para comprarlo, así que al grueso del infelizaje lo único que nos queda es la angustia de lo que no entendemos.

En cambio, otros analistas dicen que esto no es de preocuparse, que son movimientos normales, cuando descubrimos que lo económico es un espejismo que refleja el problema político que viven los gringos entre los partidos republicano y demócrata, lo que, si bien tranquiliza, porque consideramos que los políticos de allá son iguales a los de acá y por tanto, aunque son muy dañeros, no creo que sean tanto como que nos hagan llegar a la destrucción, digo, sobre todo antes del 21 de septiembre de 2012, no llegan a ser un peligro para un México cuidado por la Guadalupana.

Como ustedes sabrán, soy profundamente desconfiado con las declaraciones oficiales, mismas que suelo interpretar al contrario de lo anunciado. Pero eso es problema mío; así le atiné cuando Carstens anunció el catarrito: nos llegó una pulmonía que todavía no termina. Lo malo es que, cuando el jerarca de Hacienda y Delfín presidencial dice que las cosas van bien, no sé cuál cachucha trae puesta, la de secretario o la de candidato, porque, si trae la segunda, le puede ir bien a él, pero en ninguno de los casos le irá bien al país.

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