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Antes de la Pesadilla Reformista

Por Octavio GASPAR

Hace ya algún tiempo, dijo el abuelo con su voz temblorosa, las cosas fueron muy diferentes. El viejo hizo una pausa antes de continuar, como si las imágenes que evocara se situaran justo delante de sus ojos.

No era como ahora, que nada más vas de tu trabajo de la mañana al de la tarde, luego a tu casa en un transporte colectivo blindado. Hoy te entregan a domicilio en camiones de seguridad con agentes armados la comida congelada y todas las compras que haces por teléfono y te tienes que quedar en tu casa el resto del día, con los cerrojos puestos después del toque de queda.

No. Tú podías salir a la calle libremente incluso con tus niños pequeños a comprar verduras y frutas frescas en espacios que entonces llamábamos “mercados”, sin riesgo de que las pandillas de “ninis” te encajaran una navaja en las costillas para arrebatarte tus bolsas de víveres. Podías salir de tu casa sin tener que activar el chip de esa pulsera que renta el estado para que la policía pueda rastrearte vía satélite para tu propia protección, como ahora hay que hacer.

Antes simplemente te ibas a caminar a las pequeñas zonas de vegetación que llamábamos “parques”, en vez de quedarte en casa a matar el tiempo con el cable, el internet y los video juegos. Ahí en los parques los padres platicaban mientras sus chiquillos jugaban libres de la amenaza de los asaltantes, los secuestradores o los sicarios de los cárteles de droga (ésos que son conocidos ahora como “paramilitares”).

Entonces el país era libre. Las playas eran de todos. No tenías que pagar para ingresar a ellas. Las minas y el petróleo eran de la nación y las utilidades que estas empresas generaban eran para construir carreteras, hospitales y escuelas públicas (la educación entonces era gratuita ¡casi cualquiera tenía acceso a ella!). Los impuestos no te absorbían el 40% de tus ingresos como ahora que los recursos naturales están administrados por empresas extranjeras.

Pero llegaron los tecnócratas con su modelo neo–liberal.

Fueron vendiendo nuestras tierras productivas, nuestro subsuelo, nuestros recursos naturales, y finalmente empeñaron a las transnacionales la única riqueza que nos quedaba a los “proles”: nuestra fuerza de trabajo.

Hoy en día los que no estamos en la milicia o en un puesto administrativo al servicio del gobierno de los Estados Unidos, somos unos cuantos afortunados que podemos contar, a través de una empresa de colocaciones, con un par de empleos temporales en una gran transnacional, sin prestaciones, sin antigüedad. Pero al menos contamos con un empleo mientras no nos enfermemos de nada grave.

Los demás mueren de hambre en el campo o luchan por sobrevivir en las calles: asaltan, secuestran o se alquilan para transportar droga al norte enfrentando grandes riesgos por una miserable paga, ahora que los estupefacientes son legales y los administra la familia de un ex presidente.

¿Qué por qué lo permitimos, querido nieto?

¡Ni siquiera nos dimos cuenta!

Estábamos muy ocupados viendo el fut bol y las telenovelas.

Lo peor de todo, muchacho, es que no hay nadie a quien reclamarle. La clase política que nos vendió como esclavos ya no vive en el país.

Todos están actualmente instalados de manera muy cómoda en el extranjero, viviendo de sus pensiones vitalicias…

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