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Anabel y el Espejismo de la Democracia

Octavio GASPAR

“¿Quién es Ulises Salazar?”
Punto de Retorno
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Fuera del campo abstracto de la filosofía, donde tuvo su origen, la democracia se resiste a abandonar completamente el terreno del idealismo para venir a convivir entre los pobres mortales. Sabiamente el gran Platón nos advertía desde hace un buen titipuchal de años de las grandes dificultades que este sistema de gobierno trae consigo una vez que tratamos de aplicarlo a la práctica.

En la vida real no todos los ciudadanos, decía él, están suficientemente capacitados en los asuntos políticos (o los asuntos de la ciudad, de la ‘polis’) para tomar decisiones acertadas. Y ponía el ejemplo de un barco a la deriva. Si sorpresivamente muriera el capitán ¿Qué probabilidades tendría el navío de llegar a buen puerto si todos los que viajan en él eligen por mayoría quién deberá tomar el timón? ¿Tendrán ellos el conocimiento suficiente de las cualidades de todos los tripulantes como para elegir a quien será capaz de sacarlos hábilmente del peligro? De este par de cuestiones queda en claro para Platón otra dificultad de la democracia, que él expresa planteando una pregunta muy precisa.

 

¿Qué garantía existe de que las decisiones tomadas por la mayoría sean siempre las más justas? Relataba él entonces el caso de cómo unos pocos oradores hábiles en el arte de la demagogia desafortunadamente convencieron a las multitudes para que votaran a favor de la ejecución del maestro Sócrates, validando así “democráticamente” la muerte injusta de un gran hombre. Unos pocos políticos de mezquinos intereses, concluye él, aprovechando los grandes vacíos de ignorancia de las mayorías, las manejaron a voluntad para conseguir sus fines muy particulares. Eso lleva entonces al filósofo en su discurso lógico al análisis del siguiente cuestionamiento a la democracia, que ahora resulta ser un problema axiológico.

El reducido grupo de demagogos que tiene poder para decidir sobre la vida de un hombre tiene también por lo tanto el poder de imponer a las masas, como una moda, los valores que resulten útiles a las muy particulares conveniencias de su pequeña camarilla. Así, el patriotismo, la justicia, la protección de los más desamparados y todos esos valores de relumbrón, pueden anunciarse con gran alharaca entre los ciudadanos únicamente con el objetivo de ganarse los votos del mayor número de gente para ciertas cuestiones particulares. El estado puede volverse de pronto pacifista o promotor de la guerra patriótica, puede expresar una simpatía extrema hacia los desposeídos o acusarles de indolentes y parásitos, puede convocar “a la concertacesión y al diálogo” o criminalizar a la disidencia, y así sucesivamente.

Decía el filósofo que es práctica común de este tipo de grupos imponer como moda aquellos valores que de momento atraigan más a la gente y presentarlos como la solución a los problemas sentidos de la ciudadanía (“¡Lee!” “¡Denuncia al crimen organizado!” “¡Dí no a la mordida!”), aún con la conciencia de que, una vez obtenidos los votos a favor, todo esto se echará luego intencionalmente al olvido.

“¿Tienes el valor o te vale?”

Con el triunfo de la Revolución Francesa, la clase burguesa que accedió al poder propuso una alternativa aún más deficiente que el antiguo sistema griego: lo llamaron “democracia representativa”. Este es el sistema de gobierno que, a falta de otro mejor, prevalece en las sociedades contemporáneas que presumen de ser muy avanzadas. Mediante un acto de fé, los ciudadanos deberemos creer ciegamente que fuimos nosotros quienes elegimos a un puñado de servidores públicos. Debemos creer que ellos han salido del mismo medio que el nuestro, que son honestos y que por lo tanto están muy interesados en trabajar, legislar y votar en el congreso a favor de nuestros intereses, puesto que nos representan.

Esta fórmula que tal vez ha sido medianamente efectiva en Francia (donde los ciudadanos son muy activos y están muy bien enterados de los asuntos de su ‘polis’), ha demostrado ser un rotundo fracaso tanto en los países llamados “en vías de desarrollo” como en los del “tercer mundo”, donde impera la desesperanza aprendida (¿para qué molestarse en protestar, si al final los que están en el poder terminan haciendo lo que se les pega la gana?) y donde el nivel educativo es uno de los más bajos del mundo (generaciones cuya memoria RAM está saturada por contenidos tan estériles como los del chavo del ocho, la rosa de Guadalupe, las telenovelas y la tabla de posiciones de los equipos mediocres de fut bol mexicano).

Actualmente la oligarquía (el pequeño grupo en el poder) se empeña en difundir tenazmente una fé dogmática en “las “instituciones” como si fueran “divinas” y no como lo que en realidad son: una creación humana para convivir mejor en sociedad y, por tanto, susceptibles a la reforma constante y al cambio, resultado del aprendizaje por ensayo y error. Se han obstinado también en hacernos creer que eso que llamamos “democracia” es un valor esencial de alguien que quiera preciarse de ser un “buen ciudadano”. Y han reducido este valor a su mínima expresión vendiéndonos la idea de que éste será cumplido cabalmente cada vez que realicemos el sencillo ritual de ir a votar a las urnas. Más o menos el mismo razonamiento de quienes van puntualmente a misa y salen de ahí para fregarse puntualmente el prójimo.

Si bien la democracia es un ejercicio poco práctico y a veces inalcanzable en algunas sociedades donde sus mayorías carecen de los medios y del nivel de educación básica para ejercerla, los valores de pluralidad, inclusión, libre expresión y tolerancia que se derivan de ella son un legado para la sociedad contemporánea por el que vale la pena luchar. Creemos que la adopción de estos valores nos hace más humanos y nos acerca más como especie a la dignidad que merecemos. La lamentable muerte de Anabel Flores Salazar, periodista que fue violentada dentro su hogar en Escobedo Veracruz, que fue secuestrada, torturada y asesinada, y cuyo cuerpo apareció en el kilómetro 1+580 de la carretera Cuacnopalan – Oaxaca, cercana al municipio de Tehuacán Puebla, nos hace ver la importancia de mantener vigentes estos valores.

El mensaje desde el estado de Veracruz es claro: no hagas nada que nos moleste porque no estarás seguro ni en tu propia casa, porque no nos cuesta nada inventarte nexos con el crimen organizado para que las generaciones con la memoria RAM saturada luego indolentemente exclamen: “andaba con el pantera, pues por algo la ejecutaron”.

Señor Javier Duarte, ya lleva más de 40 asesinatos violentos, 1,266 desaparecidos y, con este último caso, 19 periodistas asesinados en su estado. Tal vez se siente muy apoyado por otras oligarquías a nivel federal y cree que las garantías individuales consagradas en nuestra Constitución son nada más para la prole y no para usted, que fue elegido como servidor público.

Desde este espacio le aclaro que no desapareció “una periodista que quién sabe en qué andaba metida”. Fueron violentados los derechos de una ciudadana de 27 años que cumplía asiduamente con su trabajo de informar, que era madre de dos hijos (uno de dos años y otro de 15 días de nacido) y que era una fuente de sustento para su familia.

Tal vez de momento tenga usted una tregua, hoy que la atención de las mayorías está centrada en la visita del representante del Vaticano a este país tan dejado de la mano de Dios, pero existen organismos internacionales de derechos humanos.

Ellos, y los periodistas, y la Historia, sí llevan cuenta de sus hechos.

Desde aquí, un homenaje a la joven madre, a la reportera, Anabel Flores Salazar.

octaviogasparguerr@gmail.com

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